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22 de mayo de 2013

¿Será posible?

¿Será posible?

Nunca dije, ni pensé decir, ni pensé siquiera, que la honestidad no fuera indispensable. Pero es sólo el grado cero del asunto. Martín Caparrós.
16.06.2009

¿Será posible que todavía haya señoras y señores –unos veinte el viernes pasado entre los foristas de criticadigital– que sigan diciendo que cuando hablo del honestismo lo que hago es convalidar la corrupción o, con suerte, insisten, suscribo el “roba pero hace”? ¿Serán ligeramente lentos, mulosamente tercos o –espero– sólo malintencionados?

Nunca dije, ni pensé decir, ni pensé siquiera, que la honestidad no fuera indispensable. He escrito ya varias –demasiadas– veces que la corrupción es un desastre –y la corrupción del poder es un desastre poderoso– y que por supuesto que tenemos que erradicarla, pero que eso es sólo el grado cero del asunto. Como si un DT te dijera pibe, respirá, acordate, respirá, cuando vayas a patear parate firme y abrí el pie y pegale cuando la pelota te queda a la altura del otro pie y, sobre todo, no te olvidés de que tenés que respirar. Claro que tenemos que respirar: pero todo el mundo respira y no por eso le pega mejor a la pelota, digo o, para cortar con las metáforas idiotas: la honestidad es la base, la condición necesaria pero no suficiente del asunto: no deberíamos votar a nadie porque sea honesto; no deberíamos votar a nadie que no lo sea.

Voy a insistir: llamo honestismo a esa idea tan difundida según la cual –casi– todos los males de la Argentina contemporánea son producto de la corrupción en general y de la corrupción de los políticos en particular. Llamo honestismo a esta tendencia a pensar que si los trabajadores ganan poco no es porque sus patrones se quedan con buena parte de lo que producen, y que si los desocupados no tienen trabajo no es porque el mercado argentino esté organizado para producir soja y servicios y comprar todo lo demás afuera, sino porque los políticos afanan.

Claro que los políticos afanan, y afanan los gerentes de marketing y los policías y los virtuosos ciudadanos que los coimean y los dueños de cementeras y las putas y los subdirectores de sucursal con 27 años en la empresa, y los políticos de nuevo, y habría que terminar con todo eso antes que nada, pero cuando lo terminemos seguirá habiendo millones de pobres en este país rico.

Llamo honestismo a esta manera de no pensar en qué ofrecen los candidatos, y los políticos en general, sino preocuparse por si resisten un archivo. Lo tengo dicho: se puede ser muy honestamente de izquierda y muy honestamente de derecha, y ahí va a estar la diferencia verdadera. “Quien administre muy honestamente en favor de los que tienen menos –dedicando honestamente el dinero público a mejorar hospitales y escuelas– será más de izquierda; quien administre muy honestamente en favor de los que tienen más –dedicando honestamente el dinero público a mejorar autopistas, parkings, teatros de ópera– será más de derecha.

Quien disponga muy honestamente cobrar más impuestos a las ganancias y menos iva sobre el pan y la leche será más de izquierda; quien disponga muy honestamente no cobrar impuestos a las actividades financieras y sí al trabajo asalariado será más de derecha.

Quien decida muy honestamente facilitar el uso de anticonceptivos será más de izquierda; quien decida muy honestamente acatar las prohibiciones eclesiásticas será más de derecha.

Quien decida muy honestamente educar a los chicos pobres para sacarlos de la calle será más de izquierda; quien decida muy honestamente llenar esas calles de policías y de armas será más de derecha. Y sus gobiernos, tan honesto el uno como el otro, serán radicalmente diferentes. Digo, en síntesis: la honestidad –y la voluntad y la capacidad y la eficacia–, cuando existen, actúan, forzosamente, con un programa de izquierda o de derecha.”

El honestismo, entonces, consiste en tratar de esconder esa evidencia detrás de la pelea por el prontuario. O sea: llamo honestismo al modo más reciente de disimular o negar u olvidar que nuestro país –y tantos otros– está como está porque sus estructuras económicas y sociales fueron armadas para que esté así, para que se beneficien unos pocos, para que se jodan los más. Y que los errores y excesos –intolerables– de nuestros políticos ladrones son sólo el aceite que el motor necesita, pero nunca el motor. Y que, de últimas, va a ser muy difícil dejar de usar aceite mientras sigamos teniendo este motor.

He dicho. Y espero que no me digan que estoy a favor de los que afanan. En general, señoras y señores insistentes, indignados, probos, los que los votan son ustedes.

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7 de abril de 2012

El Apocalipsis según Carrió

06.03.2009 Crítica Digital / http://www.criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=19831

El Apocalipsis según Carrió


Carrió lleva años anunciando un apocalipsis. Dirán que por eso puede aliarse a quien quiera ser su "pata peronista" o su gansa radical. Martín Caparrós.La iglesia cristiana primitiva lo tenía claro: su target estaba hecho de opositores varios, personas en franco desacuerdo con los modos y maneras del Imperio –pobres, mujeres, esclavos, metecos y otros marginales– y entonces su consigna principal consistió en asegurar que ese mundo cruel e injusto tenía fecha de vencimiento: la promesa apocalíptica. En sus tres primeros siglos, los seguidores del Jesús palestino no consideraban el Apocalipsis de Juan como un relato metafórico o lejano: era la descripción precisa de lo que iba a suceder un día de aquellos. “Esta es la revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder presto”, empezaba diciendo el librito –magistral, una de las grandes ficciones de la Antigüedad clásica– y prometía que, por sus pecados, el fin del mundo estaba cerca y llegaría con bestias fuegos aguas cataclismos hasta que, al final, los justos accederían al Reino de los Cielos.

El Apocalipsis sirvió, durante esos siglos, para que los fieles encontraran consuelo en ese futuro tan cercano –“bienaventurados sean los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos”– y, también, para que la iglesia cristiana se mantuviera alejada del poder: ¿para qué ensuciarse con las minucias de un mundo que estaba por desaparecer? Sólo que el tiempo pasaba y la Bestia anunciada no llegaba; los fieles empezaban a cansarse, a murmurar, a entregarse a la duda y la maledicencia. La iglesia cristiana lanzó entonces
una de las maniobras políticas más sofisticadas de la historia: reconocer que sus profecías eran radicalmente erróneas y obtener de esos errores un poder aún mayor. Gracias a Agustín de Hipona y otro par de ideólogos, el Apocalipsis pasó a ser una promesa a muy largo plazo, desplazada hasta “el fin de los tiempos” –que se volvían cada vez más lejanos, impensables. Así que la iglesia se preparó para una larga estadía en esta tierra ruin –y se resignó a sus impurezas y se acercó al poder político y empezó a convertirse en lo que es: el mejor aparato de control social que inventaron los hombres; el que, so pretexto de ofrecerte un mundo futuro, te dice cómo tenés que vivir en el presente. Y todo porque el Apocalipsis tan esperado no terminaba de llegar.

En la Argentina, salvando las distancias, una política cristiana enfrenta una disyuntiva semejante: la doctora Elisa Carrió lleva años anunciando un apocalipsis que nunca sucede. Algunos dirán que es por eso que ahora, cuando tantos empiezan a cansarse de sus profecías incumplidas, se resigna a ciertas impurezas, se acerca a ciertos poderes y propone candidatos como Alfonso Prat-Gay o Patricia Bullrich y dice que podría aliarse con señores como Mauricio Macri, Francisco de Narváez, Julio Cobos, Carlos Reutemann y quien quiera que sea su “pata peronista” –o su gansa radical. La doctora Carrió es uno de los fenómenos más curiosos de un campo lleno de fenómenos: la política argentina contemporánea. La doctora surgió del partido radical de una provincia alejada; en un momento en que el glamour –cierta idea del glamour– y el analfabetismo funcional dominaban la escena telepolítica, sus frases y su género y su aspecto llamaron la atención. En esos días la doctora Carrió empezó a constituirse como el gran referente del honestismo.

–Me pueden decir que soy loca y muchas otras cosas, pero no pueden decir que robé
y que me enriquecí, que pacté, que me financiaron las empresas...

Dijo hace poco en este diario. El honestismo es la tristeza más insistente de la democracia argentina: la idea de que cualquier análisis debe basarse en la pregunta criminal: quiénes roban, quiénes no roban. Como si no pudiéramos pensar más allá, como si no se pudiera hacer honestamente una política para los ricos o una para todos, como si no hubiera líderes honestísimos nefastos, como si el señor Bush hubiera necesitado robar algo para armar el desastre que armó. El honestismo ya dejó su marca en la política argentina: fue la confusión que llevó al gobierno a aquella Alianza entre radicales y progres que terminó convocando al licenciado Cavallo. El honestismo no tiene línea política, lanza admoniciones; el honestismo es la resignación del debate político en aras de la encuesta judicial, pero hubo tiempos –que duran, supongo– en que algunos creyeron que el honestismo era de izquierda o, al menos, progresista –y se sumaron al partido de Carrió. Que, en aras de la política mediática, se los cargó. Porque la doctora Carrió es la encarnación contemporánea de ese personaje tan nuestro que es el político mediático: alguien que no tiene partido ni proyecto pero da bien en los programas periodísticos y critica con gracia y entonces junta una popularidad extraordinaria en un tiempo muy corto –y después la pierde en un tiempo aún menor, en cuanto tiene que hacer algo. Chacho Álvarez fue el ejemplo más visible, pero también hubo Graciela Fernández Meijide o Luis Miguel Zamora. Todo, por supuesto, con el debido tono tremebundo: la doctora es la mejor cultora de este arte argentino de devaluar palabras; si matar a dos personas es una masacre y un choque rutero una hecatombe, este gobierno puede ser una dictadura como la de Ceaucescu, sus integrantes dementes, su jefa la madrastra de Blancanieves y así de seguido. No se trata de pensar, analizar; el telepolítico debe adjetivar con hipérbole y sonora rimbombancia.

El telepolítico, como bien dijo Chacho Álvarez a principios de los noventa, está incómodo con un partido organizado alrededor de un proyecto: eso limita su autonomía y su inspiración. El telepol debe tener libertad completa para ir cambiando de línea, ideas, programa según los momentos y los climas, así que un partido –con compañeros que piensen, opinen y actúen– lo molesta. La doctora Carrió, telepol antonomásica, no dudó en cargarse su partido: echó uno tras otro a quienes la habían acompañado y le pedían cierto debate, cierta participación, cierta coherencia. La doctora encarna el individualismo más descarnado, irreductible: yo digo, yo callo, yo voy a hacer, yo voy a deshacer, yo me voy, yo vuelvo, yo nunca me fui, yo nunca estuve. Si hacer política es debatir y participar y construir con otros –y siempre le criticamos al kirchnerismo su incapacidad para hacerlo–, la práctica de la doctora Carrió es otro ejemplo de la antipolítica nacional contemporánea.

Lo cual hace muy difícil discutir su posición y sus alianzas, porque cambian sin cesar. Hay un aparato que se llama cámara de Wilson, una especie de ensaladera llena de niebla en cuyo vaho se va marcando la trayectoria de unas partículas enloquecidas: trazos acelerados, caprichosos, ilógicos. Si alguien quisiera –¿por qué habría de querer?– hacer un gráfico de las posiciones políticas de la doctora Carrió en los últimos años, el dibujo sería una cámara de Wilson: idas y vueltas y firuletes de un electrón desbocado en la neblina. Pero ahora, por lo menos, definió sus alianzas, se lanzó a la derecha, y va a ocupar, por un tiempo, ese lugar. Lo cual aclara los tantos. Servirá, para que sigan claros, recordar que el honestismo, efectivamente, “no es de izquierda ni derecha”: es, más bien, la resignación de no discutir lo que realmente importa.

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27 de octubre de 2011

Desgrabación de tres videos. Martín Caparros-Honestismo

Desgrabación de tres videos. Martín Caparros-Honestismo
http://www.youtube.com/watch?v=eGxm3RHyRmA

El Apocalipsis siempre anunciado de la Iglesia Primitiva durante 300 años creyó que ese Nuevo Mundo, que ese Reino de los Cielos se iba a concretar en esta Tierra y cuando tuvieron que aceptar que eso no iba a pasar, se empezaron a aliar al poder del Imperio Romano en ese momento, y se transformaron en esa institución totalmente integrada y esencial para el funcionamiento del poder que es la Iglesia Católica.

Carrió sintetiza dos de los modelos más nefastos de la política argentina en los últimos veinte años. Uno, lo que yo llamo el "honestismo". Es una de las cosas más tristes que le pasaron a la política argentina. Es esta idea, tan difundida, que lo que importa es la pregunta Judicial ¿Quién roba? ¿Quién no roba? ¿Quién es corrupto?¿Quién no es corrupto?¿Dónde está el delito? en vez de pensar ¿Dónde está la Política? Hicieron del grado cero de la Política lo único que importa.

Por supuesto, nadie tiene que robar, nadie tiene que corromperse, pero definir que Fulano es corrupto o que Mengano roba, no define nada en Política. Se puede ser muy honestamente de Derecha. Se puede ser muy deshonestamente de izquierda. Y viceversa. Nadie dijo nunca que Bush robara, y sin embargo le hizo un daño al mundo extraordinario. Entonces, limitar el pensamiento político a la denuncia, a a la búsqueda del hecho criminoso, es terrible, y en la Argentina ha hecho un daño espantoso.

Sólo porque eso fue así, se explica un "engendro político" del tamaño de la Alianza que nos gobernó entre el 99 y el 2001, donde se juntaron el supuesto centro izquierda y el conservadurismo católico de De La Rúa y companía, en un solo bloque, que sólo se podía juntar porque supuestamente los enemigos robaran, porque la denuncia de la corrupción los unía y ellos decían "nosotros somos honestos", a eso llamo el "honestismo", a dejar de lado cualquier debate político en aras de pensar quién roba quién no roba, quien es corrupto, quién no lo es.

ARGUMENTO EN CONTRA: estoy de acuerdo que terminar con la corrupción no es un programa suficiente, hay muchísimo más. No basta pero es una condición necesaria, proque en un país donde se afanan todo,

http://www.youtube.com/watch?v=xWTIA2keucw&feature=related

La política de izquierda consiste en pensar juntos en organizarse juntos y en hacer cosas juntos. La política de izquierda se diferencia de las otras formas de hacer política, en que requiere que haya mucha gente que se junte, que interactúe, que discuta, que esté en desacuerdo, y que llegue a algún tipo de síntesis y que decidan juntos hacia un determinado objetivo. Eso es, por supuesto, lo que no hace este gobierno. Es totalmente personalista en sus decisiones, concentra el poder y demás, y eso es lo que nunca hicieron ninguno de los telepolíticos argentinos en los últimos quince veinte años. El modelo Chacho Álvarez, que también asumió la Dra Carrió. La Dra Carrió cada vez que empezó a conformarse alrrededor de ella un equipo de gente, un pequeño embrión de partido, con discusión, con propuestas, con debates internos, con organización, se "lo cargó". Dijo no, acá la que dice lo que hay que hacer soy yo, ustedes se van, ustedes se quedan, y fue cambiando de gente. Esa es una praxis de derecha, de no querer hacer política entre muchos, sino lo que yo digo.

http://www.youtube.com/watch?v=Gpq-zeYNmww&feature=related


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28 de agosto de 2011

Honestismo

Honestismo
http://www.taringa.net/posts/taringa/7684393/Honestismo---Caparros.html

Hoy querría –por una vez y sin que sirva de precedente– que me entendieran. He hablado últimamente de “honestismo”; he notado, en ciertas respuestas y comentarios, que no supe explicarlo. Martín Caparrós.

–Qué novedad, Caparrós. ¿No es lo que le pasa siempre?

Supongo, y por eso insisto: llamé honestismo a esa idea tan difundida según la cual –casi– todos los males de la Argentina contemporánea son producto de la corrupción en general y de la corrupción de los políticos en particular. El honestismo es un producto de los noventa, ante el despliegue de corrupción menemista, y fue alentada por cierto periodismo –el más valiente– que trató de mostrarla. Fue un éxito: la sociedad se escandalizó ante esos errores y excesos y no miró los cambios estructurales, decisivos, que el menemismo estaba produciendo en la Argentina. Fue tal el éxito que permitió el surgimiento y apogeo de una de las fuerzas políticas más aberrantes de nuestra historia de fuerzas aberrantes: ese consorcio entre el conservadurismo católico de De la Rúa y el progresismo acomodaticio de Álvarez que recordamos –poco– bajo el nombre de Alianza.

Ahora la furia honestista se mantiene y permite que muchas de las campañas políticas actuales se basen en ella, y muchos políticos la aprovechen para centrar su discurso en la denuncia de la corrupción y dejar de lado definiciones políticas, sociales, económicas. O, como decía aquí mismo el otro día: “El honestismo es la tristeza más insistente de la democracia argentina: la idea de que cualquier análisis debe basarse en la pregunta criminal: quiénes roban, quiénes no roban. Como si no pudiéramos pensar más allá…”.

–¿Y usted qué prefiere, Caparrós? ¿Que roben? Usted debe de ser de esos que dicen “que roben pero que hagan”.

Me lo han dicho varios y me sorprende: yo jamás dije –ni pensé– tal pavada. Yo digo que la honestidad es el grado cero de la actuación política y que por supuesto hay que exigirle a cualquier político –como a cualquier empresario, ingeniero, maestra, domador de pulgas– que sea honesto. Que, por supuesto, la mayoría de los políticos argentinos no lo parecen. Que, por supuesto, es necesario conseguir que lo sean. Pero que eso, en política, no alcanza para nada: que un político sea honesto no define en absoluto su línea política. Por eso digo que la honestidad es –o debería ser– un dato menor: el mínimo común denominador a partir del cual hay que empezar a preguntarse qué política propone y aplica cada cual.

–¿Y entonces qué problema se hace, Caparrós? Si usted también quiere que sean honestos, por qué dice esas cosas…

Porque creo que hay muchos que siguen currando con eso de la honestidad: con la denuncia, con los prontuarios ajenos, con la promesa propia. Y, con eso, clausuran el debate sobre el poder, la riqueza, las clases sociales: acá lo que necesitamos son gobernantes honestos, dicen, y la honestidad no es de izquierda ni de derecha. La honestidad quizá no, pero los honestos seguro que sí. Se puede ser muy honestamente de izquierda y muy honestamente de derecha, y ahí va a estar la diferencia. Quien administre muy honestamente en favor de los que tienen menos –dedicando honestamente el dinero público a mejorar hospitales y escuelas– será más de izquierda; quien administre muy honestamente en favor de los que tienen más –dedicando honestamente el dinero público a mejorar autopistas, parkings, teatros de ópera– será más de derecha. Quien disponga muy honestamente cobrar más impuestos a las ganancias y menos IVA sobre el pan y la leche será más de izquierda; quien disponga muy honestamente no cobrar impuestos a las actividades financieras y sí al trabajo asalariado será más de derecha. Quien decida muy honestamente facilitar el uso de anticonceptivos será más de izquierda; quien decida muy honestamente acatar las prohibiciones eclesiásticas será más de derecha. Quien decida muy honestamente educar a los chicos pobres para sacarlos de la calle será más de izquierda; quien decida muy honestamente llenar esas calles de policías y de armas será más de derecha. Y sus gobiernos, tan honesto el uno como el otro, serán radicalmente diferentes. Digo, en síntesis: la honestidad –y la voluntad y la capacidad y la eficacia–, cuando existen, actúan, forzosamente, con un programa de izquierda o de derecha.

–Sí, todo bien, pero si los políticos no robaran, muchas cosas serían mejores. La salud y la educación serían mejores, por ejemplo.

Me han dicho varios lectores, y es el argumento clásico del honestismo progre y yo digo que sí, que un poquito mejores. Pero lo que define la salud o la educación argentinas no es que quienes tienen que organizar sus prestaciones públicas se roben un 10, un 20, un 30 por ciento del dinero destinado a ellas; lo que las define es que –gracias a la dictadura militar y sus continuadores democráticos– los argentinos que pueden hacerlo compran salud y educación privadas, y dejan a los pobres esa educación y esa salud públicas que los políticos corroen. O sea: si este mismo sistema estuviera administrado sin la menor fisura, habría –supongamos– un tercio más de recursos para hospitales y escuelas, y los pobres tendrían un poco más de gasa y un poco más de vacunas y un poco más de tiza –y los ricos seguirían teniendo tomógrafos y bypasses al toque y computadoras en el aula. Quiero decir: si todos los políticos fueran honestos, todavía tendríamos que tomar las decisiones básicas: en este caso, por ejemplo, si queremos que haya educación y salud de primera y de segunda, o no. Si queremos que un rico tenga muchísimas más posibilidades de sobrevivir a un infarto que un pobre, o no. Si pensamos que saber matemáticas es el derecho de los hijos de los que ganan más de cuatro lucas, o no.

Pero muchos políticos –y muchos ciudadanos– evitan discutirlo y hablan de la corrupción, que es más fácil y es decir casi nada: ¿quién va a proclamar que está a favor del cáncer? El honestismo es la forma de no pensar en ciertas cosas, un modo parlanchín de callarse la boca. O, para decirlo como lo escribí hace justo diez años, en una nota que se llamaba “El curro de la corrupción”: “Un día nuestros gobernantes serán probos, ignorarán todo sobre las islas Caimán, usarán su propio coche para irse de shopping y denunciarán a su secretaria cuando se limpie las uñas con un clip del Estado: eso es, al menos, lo que nos prometen últimamente casi todos los líderes políticos. Ese día va a ser espeluznante; ese día nuestras esperanzas, si es que todavía las tenemos, caerán procelosas como guano de paloma sobre testas peladas. ¿Será que vamos a esperar hasta ese día para descubrir el curro de la corrupción? ”

–¡Sí, de veras! ¡Qué indignación, hermano, nos afanan sin parar! ”

–No, no me entendiste. Lo que vos decís es la corrupción. Yo te decía el curro de la corrupción. ”Ese día tan esperado, cuando nuestros gobernantes sean tan buenos como la madre Teresa de Calcuta, va a ser estremecedor: ese día, tres millones de desocupados se van a dar cuenta de que siguen estando desocupados; diez millones de pobres van a ver que son igual de pobres; treinta millones de argentinos van a entender que el país está hecho para los otros ocho o nueve, aunque ahora lo van a administrar con honra. Y –quizás, ese día– sí va a pasar algo”.

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18 de julio de 2011

“Honestismo” y otras pequeñeces

Eduardo Blaustein
09.06.2009


Quichicientos años atrás Chacho Álvarez solía usar uno de los razonamientos más convincentes que escuché acerca de los males que genera la corrupción. El problema, me retrucó en una entrevista cuando le salí con un planteo relativizador, es cuando la corrupción se convierte en el motor mismo de ciertas estrategias y políticas deletéreas: en el caso de los 90, remate del Estado y sus empresas, concentración económica, fabricación de pobres en masa. No recuerdo, no creo, que Chacho lo dijera con esas palabras. Pongamos que fue así.

Traigo esa presunta definición a propósito de ese bonito neologismo que usó más de una vez el amigo Caparrós y con el que acuerdo: el del “honestismo”. En estos días se hace difícil soportar la hipocresía de los que aplaudieron a la dictadura o al menemismo y hoy gritan “¡república!”, los que se beneficiaron con la extranjerización de la economía y hoy braman “¡Techint!”. Lo mismo sucede con los demócratas bien peinados que consideran que los pobres de todas partes, todos y cada uno de ellos, no están en condiciones de votar mejor ya sea que no saben razonar, no disfrutan de la impecable autonomía de pensamiento que sí calzan los carapálidas de Palermo Chico o sencillamente son tan miserables que están dispuestos a vender su voto al primer puntero que les pinte.

Definitivamente, ciertos modos de concebir la democracia, la República, la Justicia, la corrupción, el clientelismo, son chiquitos, chiquitos, chiquitos. El “honestismo”, escribió Caparrós, es esa “idea tan difundida según la cual –casi– todos los males de la Argentina contemporánea son producto de la corrupción en general y de la corrupción de los políticos en particular”.

Hay muchos modos de encarnar esa proposición del “honestismo”. Si es por la corta idea del ciudadano honesto, se puede ser un perfecto hijo de puta en el maravilloso marco de la legalidad y la ética republicana. Pagando buena plata a un estudio de abogados patricios en caso de pleito, diseñando leyes desde el poder del dinero o moldeándolas por lobby, se puede cagar la vida de millones de prójimos sin que medien ni la truchada ni la coima. Se pueden acumular grandes ganancias y a la primera brisa en contra despedir personal a lo pavo. Se puede quintuplicar en un día el precio del barbijo antigripe porcina o la vacuna. Se pueden fabricar cigarrillos, asbesto, DDT o glifosato y decir no pasa nada. Se puede ser megabanco transnacional y pagarle a una calificadora de riesgo para quedar como campeón global de la seriedad. Se puede explotar mano de obra semiesclava boliviana y vender marcas fashion. Se puede hablar de los nobles valores del campo y negrear peones o explotar niños. Se pueden dejar morir de SIDA a millones de africanos por un asunto de patentes. Se puede empobrecer a otros tantos millones perorando sobre “industria del juicio”, “pérdida de competitividad”, “estímulo del empleo joven” e incluso “generación de nuevas fuentes de trabajo”.

En poco más de un cuarto de siglo asistimos, no sólo en Argentina, a la liquidación de los estándares de bienestar. Pero ante escándalos menores nos acostumbramos a creer que al postear una puteada contra un político corrupto estamos ejerciendo a tope nuestro derecho ciudadano.

Qué lejos está la puteada espasmódica de constituirse en un modo verdaderamente insolente de pararse ante la democracia, esa democracia-bostezo del anteúltimo spot de De Narváez: “Un domingo, sólo un domingo cada dos años”. Qué bien define ese spot lo poco que le pedimos a la democracia.

No debe ser por casualidad que en esta cultura de la democracia de etiqueta se reverencie la profesión de los especialistas en vender imagen, esconder trapos sucios, manufacturar sensibilidad. El valor de la transparencia exigible a un único actor, el Estado, prima sobre la injusticia estructural. El de los consensos angelicales se impone a la necesidad de reconocer, discutir y saldar conflictos. Se pone más la lupa sobre el funcionario corrupto, no sobre el corruptor. Relacionamos democracia exclusivamente con la política y las instituciones lejanas sin preguntarnos qué es de la vida de la democracia en nuestra vida cotidiana, qué nos defiende del mercado, qué decidimos sobre los modos horribles en que vivimos la ciudad, qué democracia y qué transparencia existe en el mundo de las corporaciones. ¿Qué libertades y qué éticas reinan en la empresa o el trabajo? Si los pobres se venden por un Plan Trabajar, ¿qué compran de nosotros cuando nos pagan un salario o somos “rehenes” del que tiene más poder? ¿Qué callamos? ¿Hasta dónde un gerente, un periodista bien esponsoreado en el cable, un profesional acomodado, no son “rehenes”, como los menesterosos conurbánicos, de los privilegios que disfrutan, los gastos que deben sostener, la visión del mundo que tienen por su posición social?

No nos metemos con esas cosas. O porque no las vemos. O porque las tenemos naturalizadas. O porque hay modos en el funcionamiento del poder que se hacen escurridizos. O porque en algún lugar percibimos que los políticos son unos tipitos más bien inconsistentes a los que podemos bardear barato. No sucede lo mismo con el poder real. Ese patrón sí que es verdaderamente jodido y asusta.

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8 de julio de 2011

EL CANALLA LEGALISTA
viernes 29 de abril de 2011

Cuando escucho hablar por televisión a abogados-estrella como Fernando Burlando, inmediatamente me viene a la mente la figura del “canalla legalista”. Según Comte-Sponville, un “canalla legalista” es aquel que basa casi todo su accionar moral en el estricto respeto de la ley, y cree que con eso es suficiente.

Por otro lado, como usualmente se dice: aquel que tiene un martillo, tiende a solucionar los problemas como si se tratara de clavos.

En ciertos casos, no hay ley que me prohíba la mentira, ni el egoísmo, ni el desprecio, ni el odio, ni tan siquiera la maldad o los sentimientos racistas. Entiéndaseme bien: no estoy hablando en contra de nuestras leyes, sólo digo que el orden legal no es, ni por asomo, suficiente para considerarnos moralmente íntegros.

Digresión: como decía Alain (Emile Chartier): "la moral nunca es para el prójimo". Decirle al otro "tenés que ser generoso" no es dar muestras de generosidad. Quiero decir, no me banco a Burlando, pero eso no quiere decir que mi Pepe Grillo sea re macanudo.

Prosigo: el canalla legalista es una suerte de tipo-ideal weberiano, pues obviamente en la realidad empírica existen mezclas. Este tipo de individuos es totalmente compatible con la legalidad republicana, y puede ser un perfecto mentiroso, egoísta, estar lleno de odio y desprecio hacia gran parte del resto de la población. El canalla legalista tiene un respeto rígido y absoluto hacia TODA legalidad, casi sin distinción.

El discurso del canalla legalista vendría a ser aquel que subyace en quienes vociferan, cuando algún grupete corta el tránsito –reconozco que en la Argentina se suelen evitar las vías institucionales, en parte porque funcionan para el carajo, y se corta el tránsito todo el tiempo- por algún reclamo justo: “¡déjenme de joder: yo pago mis impuestos, no me meto con nadie y respeto la ley, ¿por qué mierda tienen que acampar acá estos tobas de mierda? ¡Que se vayan a Formosa!”

En su obra El capitalismo, ¿es moral?, Comte-Sponville distingue 4 órdenes: 1) el orden tecno-científico; 2) el orden jurídico-político; 3) el orden de la moral; 4) el orden ético; y se podría agregar un 5to: el orden religioso. Como actualmente vivimos en sociedades laicas, no desarrolla demasiado el orden 5to. No voy a extenderme sobre el punto, pero me parece evidente que su distinción se basa, directa o indirectamente, en la concepción weberiana de la modernidad como “proceso de desencantamiento del mundo”, de progresiva autonomización de las esferas de conocimiento: saber, verdad y ética ya no forman un todo orgánico y autosuficiente. Al respecto está interesantísimo un libro de Marcel Gauchet titulado “El proceso desencantamiento del mundo: una historia política de la religión”.

Es evidente que los cuatro órdenes pertenecen a esferas autónomas que se relacionan estrechamente entre sí. Está clarísimo que toda sociedad que intente funcionar adecuadamente debe poder articular "maoméno" bien los cuatro órdenes, que a menudo entran en conflicto. Tomen cualquier fenómeno social: ley de medios, legalización de la marihuana: tendrá implicaciones políticas (en sentido "amplio" y en sentido "electoralista"), morales, económicas, jurídicas, ideológicas... Por otra parte, distinguir racionalmente no equivale a separar: al correr necesitamos oxígeno, y no por eso confundimos correr con respirar.

El canalla legalista sería aquel que confunde el orden jurídico-político con el moral. Hay ejemplos clásicos, como la Antígona de Sófocles, que nos dicen que los órdenes morales y los legales son distintos, y que frecuentemente colisionan entre sí. El canalla legalista es quien confunde ambos órdenes: “ninguna ley me prohíbe el egoísmo. ¿Con qué derecho me reprocha usted que soy egoísta? Pago mis impuestos, nunca he matado ni robado, me detengo en los semáforos… ¡No voy, encima, a preocuparme por los pobres!”

Una ley no dice lo que está bien y lo que está mal, sino lo que está prohibido y lo que está permitido por el Estado.

Publicado por Desocupado mental en la era del blog en 07:43 http://dialogandodemiconmigo.blogspot.com/2011/04/el-canalla-legalista.html

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2 de junio de 2011

miércoles 15 de junio de 2011

SOBRE EL "HONESTISMO"

Tenía ganas de discutir en profundidad el tema del "honestismo". Lo haré a partir de éste post aparecido en el blog Mundo Perverso. El tema cobra relevancia porque este gobierno no se caracteriza, precisamente, por estar libre de pecado (los manejos de De Vido, el escándalo Schoklender, la mafia de los medicamentos, etc).

Para ampliar el debate, remito a éste post sobre el "canalla legalista".

Al decir de Caparrós: "cuando periodistas muy bien intencionados iluminaban la corrupción menemista, Menem estaba cambiando la estructura socioeconómica de la Argentina como nadie lo había hecho. Mientras se consolidaba un modelo de exclusión que todavía estamos sufriendo, el periodismo estaba atento a la leche adulterada o al frigorífico. Ahora pasa lo mismo. Volvemos a la facilidad: "¡Ah, son corruptos, roban!". Yo le llamo a eso 'honestismo'".

Aquí puede verse una anécdota contada por el mismo Perón con el ofrecimiento de coima entre un inglés y el negociador argentino (Miranda) respecto de los ferrocarriles.

El "honestismo" es pariente del "intencionalismo". En éste post se trata muy bien el concepto de "intencionalismo". Ricardo agrega la idea de "momentismo": está bien determinada medida pero "no era el momento adecuado" para llevarla a cabo. La otra noción poco feliz radica en analizar la coyuntura política reduciéndola a una anécdota personal: "tengo un amigo que trabaja en el Congreso y me dijo que X roba que da calambre". La anécdota va bien, sirve, pero es como la metáfora: se debe aplicar para ilustrar un argumento, como condimento y no como plato principal.
Para incorporar alguien que piensa distinto, cito a una persona que me responde a mí un comentario sobre el tema "corrupción y kirchnerismo/pejotismo", por ponerle una etiqueta. Quien responde está, comprensiblemente, podrido de la "corrupción estructural del PJ". Aclaración: pido respeto tanto para mí como para la persona a quien le "corto y pego" el comentario. ¡Por favor!

El comentario dice lo siguiente:
"Bien, la cosa es esta: en cualquier gobierno, hasta en el de Illia, podrás encontrar que alguien (no él) se afanó algo. Eso es malo e inevitable, aunque hay maneras distintas de reaccionar: ocultando la corrupción o denunciándola y mandando al frente a los que se sospecha culpables. Si el Dr. X es un gobernante decente y un colaborador suyo comete un ilícito, esto no debería ensuciar la imagen del Dr. X, en la medida de que éste aparte al sospechoso y lo entregue a la justicia.

La diferencia entre “actos de corrupción en el gobierno X” y el sistema “pejotista” es muy grande. Mientras en un caso no deja de ser una anomalía, independientemente de que esté más o menos extendida, en el caso del menemismo se transformó en una política de estado impulsada desde arriba, con una concepción del estado como un ámbito desde el cual hacer negocios privados. Ellos tuvieron principalmente el tema de las privatizaciones. El kirchnerismo, si se quiere, combina ambos estilos. Del sistema menemista hereda el concepto de estado como ámbito para hacer negocios, y como ya no hay privatizaciones, habrá que hacerlas de otro modo ¿cómo? según el criterio tradicional, de cobrar cometas o peajes. Caso típico, la “embajada paralela” en Venezuela o más o menos cualquier cosa que haga De Vido. A esto sumale algo intrínseco al peronismo, que es la falta de distinción entre estado y partido: el kirchnerismo se nutre de dineros públicos ya sea para financiar propaganda oficialista como para rentar militantes como para comprarse aviones u hoteles privados, da lo mismo.

Y a esto sumale el componente extorsivo que vos mismo reconocés cuando decís “sin el apoyo de Moyano se sabe que Cristina no podría gobernar” . Si eso es cierto, es terrible, ya te digo, y requiere a Moyano preso. (Es retórico esto último, la CGT es básicamente una organización dedicada al apriete).

Por eso te digo que el PJ en cualquiera de sus variantes es la garantía de que el país sea cada vez más berreta. Me atrevería a decir que en cierta medida el kirchnerismo es peor, ya que con tres o cuatro medidas para la gilada (dicho en el sentido de que, por más que me gusten, no cambian las estructuras en base a las cuales se asientan los peores problemas del país) pasan por ser “de izquierda” y tapan las políticas de fondo, que son terriblemente corruptas, conservadoras e injustas.

El PJ nunca atacará la corrupción porque se estaría atacando a sí mismo. Nunca democratizará la salud pública porque le estará quitando un negocio multimillonario a los burócratas sindicales. Nunca atacará al narcotráfico y a otras ramas del crimen organizado porque en ellas tiene un buen sistema de control social. Nunca promoverá la educación para todos porque estaría socavando la base sobre la que se asienta el clientelismo.

En fin, una pena no ser un reaccionario porque de serlo estaría entusiasmadísimo con este gobierno".

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18 de mayo de 2011

http://www.argentinismos.com/sitio/node/12

Honestismo

sust. mas. sing., argentinismo: la convicción de que –casi– todos los males de la Argentina actual son producto de la corrupción en general y de la corrupción de los políticos en particular.

Hay quienes oponen un argumento: que si “los políticos” no robaran, muchas cosas serían mejores: la salud, la educación, por ejemplo. Quizá mejoraran marginalmente. Pero lo que define la salud o la educación argentinas no es que quienes tienen que organizar sus prestaciones públicas se roben un 10, un dudoso 20, incluso un improbable 30 por ciento del dinero destinado a ellas; lo que las define es que –gracias a la dictadura militar y sus continuadores democráticos– los argentinos que pueden hacerlo compran salud y educación privadas, y dejan a los pobres esa educación y esa salud públicas que los políticos corroen –lo cual resulta, ya que estamos, absolutamente de derecha.

O sea: si este mismo sistema estuviera administrado sin la menor fisura, habría –supongamos– un tercio más de recursos para hospitales y escuelas y los pobres tendrían un poco más de gasa y un poco más de vacunas y un poco más de tiza –y los ricos seguirían teniendo tomógrafos y by-passes al toque y computadoras en el aula. Quiero decir: si todos los políticos fueran honestos, todavía tendríamos que tomar las decisiones básicas: en este caso, por ejemplo, si queremos que haya educación y salud de primera y de segunda, o no. Si queremos que un rico tenga muchísimas más posibilidades de sobrevivir a un infarto que un pobre, o no. Si pensamos que saber matemáticas es un derecho de los hijos de los que ganan menos de tres lucas, o no.

Pero muchos políticos –y muchos ciudadanos– evitan discutirlo y hablan de la corrupción, que es más fácil y es decir casi nada: ¿quién va a proclamar que está a favor del cáncer? El honestismo es la forma de no pensar en ciertas cosas, un modo parlanchín de callarse la boca. Cuando no hay ideología, la idea de la decencia y de la ética parecen un refugio posible. Es curioso: no hubo, en la Argentina contemporánea, un gobernante más decente, más reacio a acumular riqueza personal, que un señor que vivió hasta hace poco en un apartamento de tres ambientes en un barrio modesto que tuvo que dejar para ir, grasiadió, preso, y se sigue llamando, pese a todo, Jorge Rafael Videla, ex general de esta Nación.

O, para decirlo como lo escribí hace muchos años, en una nota que se llamaba El curro de la corrupción: “Un día nuestros gobernantes serán probos, ignorarán todo sobre las islas Caimán, usarán su propio coche para irse de shopping y denunciarán a su secretaria cuando se limpie las uñas con un clip del Estado: eso es, al menos, lo que nos prometen últimamente casi todos los líderes políticos. Ese día va ser espeluznante; ese día nuestras esperanzas, si es que todavía las tenemos, caerán procelosas como guano de paloma sobre testas peladas. ¿Será que vamos a esperar hasta ese día para descubrir el curro de la corrupción?

–¡Sí, de veras! ¡Qué indignación, hermano, nos afanan sin parar!

–No, no me entendiste. Lo que vos decís es la corrupción. Yo te decía el curro de la corrupción.

Ese día tan esperado, cuando nuestros gobernantes sean tan buenos como la supuesta madre Teresa de Calcuta, va a ser estremecedor: ese día, tres millones de desocupados se van a dar cuenta de que siguen estando desocupados; diez millones de pobres van a ver que son igual de pobres; treinta millones de argentinos van a entender que el país está hecho para los otros ocho o nueve, aunque ahora lo van a administrar con honra. Y –quizás, ese día– sí va a pasar algo.”


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Pino Solanas, su política buitre y la resolución de Ballesteros

EN QUÉ CONSISTE LA POLÍTICA "BUITRE" DE SOLANAS 9/01/2010
Buitre, porque para conseguir el poder se alía estratégicamente con la derecha como un comensal, y la alienta al proceso de destruir al Gobierno creyendo poder así alzarse con el poder al fin de la destrucción, porque confía en que su discurso más verborrágico e incendiario que el de la misma derecha, va a poder eclipsarlo y finalmente va a poder liderar el último tramo de la destrucción y alzarse con el poder.
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RESUELVO: 1) SOBRESEER DEFINITIVAMENTE en la presente causa N° 14467(expte 7723/98) en la que no existen procesados (art. 434 inc. 2° del Código de Procedimientos en Materia Penal) 2) REMITIR copia de la presente resolución (mediante disco) y poner las actuaciones a disposición de las HONORABLES CAMARAS DE SENADORES Y DIPUTADOS DEL CONGRESO DE LA NACION para su consulta o extracción de copias de las piezas procesales que se indiquen a los efectos que estimen conducentes. TEXTO DEL FALLO Leer comentarios

Cuentos de vida

12/02/2008 EL HOMBRE DEL PODRIDO TORNILLO(cuento)
Voy caminando sin mucho apuro para abrir mi óptica. Desde lejos veo que alguien que no conozco está frente a la puerta. El hombre consulta el reloj en su muñeca. Cruza los brazos sobre el pecho. Levanta la cabeza hacia el cielo. Baja luego la cabeza y mira sus zapatos. Descruza los brazos y mete las manos en los bolsillos. Termina la secuencia espasmódica descansando su esqueleto sobre un auto estacionado, mirando la puerta cerrada de la óptica. Vuelve a mirar el reloj. Sigue...
22/02/2010 - UN ÁNGEL EN COLECTIVO (relato)
Yo estaba tan embarazada, que había pasado la fecha de parto y mi familia me cargaba con la siguiente pregunta ¿y cuándo vas a parir? Y yo me reía, esperando que la naturaleza se ocupara en cualquier momento de que llegara mi bebé.
Lady D también estaba embarazada de su primer hijo. El papá de mi hijo decía que nuestro bebé tenía mejor ajuar que el hijo del Príncipe Carlos. Eran épocas de todo importado, y yo, eufórica por mi maternidad, había comprado el mejor cochecito de Harrod's y las ropas y utensilios para bebé, de lo más hermosos que encontré. Leer completo...
06/03/2008 - LOS GLADIOLEROS (cuento)
En el baño empezó a gotear la ducha. Hace de esto cinco años. Llamé a uno de esos brujos de la humanidad que atesoran saberes aquilatados y añejados en paneles de roble, uno de esos que miramos las mujeres agachando la cabeza, reconociendo nuestra inferioridad por efecto de la prueba contundente.
El plomero, que aparece con su bonete inmenso sobre el cual tiene una estrella, trae consigo herramientas que como la varita mágica, sólo obedecen a su secreto conjuro. La casa es un poco vieja, me dijo al irse, la próxima vez no le va a poder cambiar el cuerito a la canilla, va a tener que cambiar los caños. La sentencia estaba echada.
Cinco años después, es decir, ahora, se volvió a romper el cuerito y volvió a gotear la ducha. Leer más...
9/10/2008 - LOS JUDÍOS Y LOS REYES MAGOS (cuento)
Era la mañana del 6 de enero de 1954. Verano. En ese año yo iría al colegio por primera vez. Era la hija mayor de un matrimonio de judíos polacos inmigrantes. Teníamos un local de comercio seguido de vivienda, como había entonces. En el local, estaba mi papá. En la cocina de la vivienda, estaba mi mamá haciéndome el desayuno. Mis dos hermanitos, de 3 y 4 años, estaban aún en las cunas. Yo desayuné, y como hacía todos los días, salí a la calle a jugar con mis amiguitas. Serían las 10 de la mañana. Salgo a la calle y lo primero que veo es que todas mis amiguitas están juntas, y tienen algún juguete en la mano. Me extrañó muchísimo.
La Susi, mi mejor amiguita, tenía una enorme muñeca de trapo que yo no conocía, y la abrazaba y la ponía en el suelo a caminar, y la muñeca blanduzca se bamboleaba sacudiendo las trenzas rubias de hilos de lana de tejer.Leer Más...
16/09/2008 - MI LIBRO DE LECTURA DEL 55 (cuento)
El 16 de septiembre de 1955 yo tenía siete años, y estaba en "primero superior" (hoy segundo grado) de la escuela primaria.
La Revolución Libertadora trajo un cambio a la Escuela. Desaparecieron los carteles que cubrían las paredes en su parte superior tocando el techo de mi aula. De letras inmensas, decían "Segundo Plan Quinquenal-Perón cumple-Evita dignifica". La palabra "quinquenal" me encandilaba con sus sonidos juguetones, y no entendía bien qué quería decir "dignifica".
La presencia de Perón y Evita se trocó por paredes ascépticas, vacías, que me impresionaron cuando volví a la Escuela, después de unos días de asueto. El retrato de San Martín lucía ahora solitario y único símbolo del aula, como frío testimonio en blanco y negro de una historia lejana, sin la companía de aquellos carteles de colores alegres, de fondo amarillo y letras rojas, que representaban cosas del presente. Leer más...
13/11/2008 - GUEFILTE FISH (cuento)
Como yo soy la intelectual de la familia, mi cuñada Rivke me tiene envidia. ¿Qué creías? Te voy a contar lo que pasó. Era Rosh Hashaná y mamá invitó a hacer fiesta en su casa. Yo no le dije que no, ¿qué, acaso quiero cocinar para diez personas? Si a ella le gusta, que lo haga ella. El día que no esté mamá, va a ser otra cosa. Ahí voy a tener que cocinar yo, porque no voy a esperar que mi cuñada aprenda a cocinar, ni voy a comer esas porquerías que hace que no tienen gusto a nada.
Bueno, te estaba diciendo. Resulta que me puse a leer la historia del guefilte fish, en un libro antiguo de cultura idish. Vos sabés que a mí me gustan los libros, no voy a dejar de leer libros sólo para que mi cuñada no se sienta mal. Entonces leí que el guefilte fish estaba formado por tres distintas clases de pescado por una razón. Yo siempre me pregunté cuál serìa la razón de que fuera necesario hacerlo de distintos pescados. Leer más...
24/12/2008 - UN CUENTO DE NAVIDAD (cuento)
A pesar de ser judía, celebré Navidad mientras duró el matrimonio con el padre de mi hijo, que murió en el año 1994. Era gallego, socialista y agnóstico, pero le encantaba la Navidad, una costumbre que su madre engalanaba con una enorme Empanada a la Gallega que quedó en la memoria de sus cinco hijos. La Empanada a la Gallega de Doña Encarnación, a quien no tuve el gusto de conocer porque llegué tarde a la vida de esa familia, se repetía cada Navidad, con el consiguiente comentario obligado, “nada que ver con la que hacía la vieja”.

Mi nene era muy chiquito, recién ese año se había dado cuenta del personaje de Papá Noel. Su papá se disfrazaba y hacía las delicias de todos los chicos. Le habíamos dicho que iba a venir Papá Noel, con una bolsa de regalos. Leer más...
04/05/2008 - BUNGE ME SALVÓ LA VIDA (relato)
Bunge me salvó la vida con el mismo extraño mecanismo con el que mi hermanito descubrió la palmeta. Primero cuento la historia de mi hermanito. Después retomo con Bunge.
Capítulo 1. El extraño caso de mi hermanito y la palmeta
Un día apareció Raid.
Un aviso novedoso decía por televisión: ¡con la palmeta NO! ¡Llegó Raid! y aparecía en un dibujo animado, una palmeta estrellando insectos en la pared enchastrada de moscas aplastadas, y luego una señorita disparando el Raid por el ambiente. Mi hermanito y yo estábamos mirando televisión, y ambos nos asombramos. Leer más...