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23 de junio de 2024

MI PAPÁ


Mi papá, hoy quise escribir este post dedicado a vos todo el día, pero cada vez que empecé me puse a llorar. Entonces antes de que termine el día quiero hacerlo. Primero, pedirte perdón. Ojalá hubiera entendido lo que pasabas por adentro, pero yo no lo sabía. Si te tuviera hoy te estaría abrazando y te habría llevado algún regalo, como la gorra que me pediste que te traiga de EEUU y no te cumplí por tarada, porque me pareció un pedido demasiado simple. Hoy que lo pienso siento que fue un pedido fortísimo, que tenía mucho significado que no pude entender porque era una tonta cometiendo los errores de la juventud.
Te recuerdo papá y jamás voy dejar de maravillarme cuando en mi enfermedad de gastritis crónica yo salía corriendo en la mitad de la noche para vomitar en el baño y al toque vos corrías para llegar a tiempo y sostenerme la cabeza por la frente. No se cómo sabías hacer eso y aliviarme la sensación de volcarme, partirme en dos. Tus manos rústicas, gruesas de trabajar la lona Pampero haciendo toldos, me sostenían la frente y me decían "acá estoy, acá está tu padre".
Y lo orgulloso que estabas cuando me puse la óptica. Nunca dudé que fuste mi modelo de vida. Y que me dijiste que si no quería depender de un hombre tenía que tener un título universitario. Por la edad podías ser mi abuelo, pero tu mente en estas cosas era más moderna de lo que nadie podía imaginar.
Varias cosas te agradezco en esas sentencias cortas rabínicas. Cuando te fui a explicar que me quería divorciar fui temblando a ver qué me decías. Me preguntaste por qué, dejando de leer el diario. Te dije por qué. Me contestaste "divorciate" y extendiste el diario para volverlo a leer. Me fui saltando en una pata porque obtuve tu consentimiento, el único que me importaba.
Y el perdón enorme que te pido es que no entendí que buscaste mi opinión de mediadora por un horrible episodio en que mi mamá te pegó en la cabeza con el metro. Que viniste con ella a exponer tu dolor para saber qué decía yo. Y yo te pregunté por qué te pegó. Y mi respuesta fue que le asignaras una mensualidad porque se quejaba de no disponer de plata. Y cumpliste mi mediación como si yo hubiera sido el rabino. Perdón porque no me dí cuenta del valor que me estabas dando al tomarme a mí como ese funcionario social judío que hace de juez en litigios civiles y se acata a rajatabla la sentencia.
Y gracias papá, por estar en casa todo el tiempo, por tener negocio con vivienda y tenerte siempre, cada día, cada hora conmigo.
Y gracias por cocinar tus maravillosos panificados y pastas únicos, tus tortas de queso, tus creplaj, tus strudel de manzanas que aunque no lo creas, me hacen llorar en el recuerdo.
Tuve un padre, un padrazo, pero no lo entendí, porque era joven.
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8 de septiembre de 2019

UN OSCURO DÍA DE JUSTICIA, Cuento de Rodolfo Walsh


Cuando llegó ese oscuro día de justicia, el pueblo entero despertó sin ser llamado. Los ciento treinta pupilos del Colegio se lavaron las caras, vistieron los trajes azules del domingo y formaron fila con la rapidez y el orden de una maniobra militar que fuera al mismo tiempo una jubilosa ceremonia: porque nada debía interponerse entre ellos y la ruina del celador Gielty.

En la penumbra de la capilla olorosa a cedro y a recién prendidos cirios el celador Gielty seguía rezando de rodillas como rezó toda la noche. Escurridizo Dios afluía y escapaba de sus manos, acariciándolo igual que a un chico enfermo, maldiciéndolo como a un réprobo o deslizando en su cabeza esa idea intolerable, que no era a El a quien rezaba, sino a si mismo y su flaqueza y su locura.

Porque si bien los signos no fueron evidentes para todos, el celador Gielty venía enloqueciendo en los últimos tiempos. Su cerebro fulguraba noche y día como un soplete, pero lo que hizo de él un loco no fue el resultado de esa actividad sino el hecho de que iba consumiéndose en fogonazos de visión, como un ciego trozo de metal sujeto a una corriente todopoderosa y llameando hasta la blancura mientras buscaba su extinción y su paz.

Y ahora rezaba sintiendo venir a Malcolm como lo había sentido venir a través de la bruma de los días de las semanas, y tal vez de los meses de los años, viniendo y aumentando para conocer y castigar: el hombre cuya cara se multiplicaba en los sueños y los presentimientos diurnos, en las formas de la nube o el reflejo del agua. Astuto y seguro venía, labios tachados por un dedo, sin quebrar un palito del tiempo.

En el dormitorio chico los doce internos a cargo del celador Gielty estuvieron solos toda la noche. Eran los más pequeños del Colegio salvo O’Grady, Malone y el Gato, que llegaron tarde, cuando no quedaban camas en el dormitorio grande, lugar para la amistad, uvas en la viña: triste descarte de escondidas historias de muerte y repudio perdidas en la leyenda del verano.

El celador Gielty había subido apenas un minuto para verlos arrodillarse en sus camisones y recitar la oración nocturna que imploraba a Dios la paz y el sueño o al menos, la merced de no morir en pecado mortal y cuando la palabra amén huyó aleteando por la única banderola abierta, fue hacia el Gato, que sin desvestirse esperaba como de costumbre y le dijo:

Acostate vos también, y entonces el pequeño Collins lo vio acercarse hasta sentir en la frente su cálido aliento y una mirada más que nunca desesperada y terrible, burlona o amorosa. Sus dientes centellearon bajo el bigote rojo:

No habrá Ejercicio esta noche, y se fue, y bajó a rezar en la capilla.

Primer indicio que tuvo el pueblo de que el celador presentía la llegada de Malcolm. Porque el secreto de la llegada de Malcolm a Gielty descansaba hasta entonces día y noche contra el corazón del pequeño Collins, en el relicario que vació de pelos y de uñas de santos muertos para guardar el papelito en que Malcolm anunciaba que venía.

No habiendo Ejercicio esa noche, ni autoridad a la vista, el Gato sacó un pucho y fumó sentado en la cama, mientras sus largos ojos relampagueaban amarillos, se entornaban con pereza y volvían a dilatarse contra el burbujeante fermento de ira que brotaba de las camas vecinas, queriendo volverse grande y terrible, diluyéndose en cambio por falta de número en estériles murmullos o en el sofocado pedorreo que surgió en la punta donde estaba la cama de Scally, la almohada donde Scally escondía la cara. Al Gato no le importaba, ni tenía miedo. Era fuerte ahora, seguro de sí mismo, los estigmas de su cabeza habían desaparecido con el recuerdo de pasadas humillaciones, el guardapolvo le ajustaba mejor, y aunque nunca engordaría, estaba crecido, saludable y despegado. De modo que cuando Collins fue más allá de sí mismo y quiso arrastrar al grupo contra el Gato, descubrió que sólo en la teoría del alma estaban con él, y que eso no era bastante. Y así sucedió que el mismo Collins, sobrino y delegado de Malcolm, profeta de su arribo, debió posponer toda idea de castigar al Gato quien al fin no era más que instrumento de Gielty en la diversión siempre sangrienta que llamaban el Ejercicio.

Cuyo comienzo databa de dos meses atrás, después que el Gato llegó al Colegio, fue perseguido, golpeado, curado, hizo sus cálculos, indagó en la médula de la autoridad hasta descubrir una honda corriente de afinidad fluyendo entre él y ese hombre ancho, colorado y loco, con quien no cambió una sonrisa ni tal vez una palabra hasta aquella noche en que el celador Gielty se paseó entre los chicos que terminaban de desvestirse, dos libros bajo el brazo y una idea prendida en la cara:

¿Qué les parece si armamos una peleíta muchachos?, poniendo en marcha un tren de sorpresas, pues a quién se le ocurría pelear de noche en el dormitorio, en vez de pedir al padre Fagan los guantes que el padre Fagan siempre estaba dispuesto a dar, fijando el día y la hora, a todo el que quisiera boxear en el patio bajo los ojos apropiados y las reglas, y sin embargo,

¿Qué les parece, eh?, y sólo entonces Mullahy, que era el lenguaraz de la gente, se atrevió a preguntar:

¿Con guantes, señor?

Oh no, no con guantes -dijo el celador Gielty- , nada de guantes, que son para mujercitas y no para ustedes, que aun siendo los más pequeños del Colegio, deben aprender a pelear y abrirse un camino en la vida, porque Dios ordena -y aquí palmeó uno de los libros, que era grande y de tapas negras- que las más fuertes de sus creaturas sobrevivan y las más débiles perezcan, como dice este otro libro -que palmeó- escrito por un hombre que conocía la voluntad de Dios mejor que los sacerdotes de la Iglesia, aunque algunos sacerdotes de la Iglesia no lo acepten. En cuanto a mí, hijos míos, no quiero que ninguno de ustedes, que ahora me miran tan indefensos, ignorantes y tontos, perezca antes de su hora; y por lo tanto que ninguno de ustedes sea un pelele traído y llevado por los tiempos o la voluntad de los hombres como una oruga que arrastra el arroyo, sino que aprendan a ser fuertes y resistir incluso cuando el mundo empieza a derrumbarse, como yo lo he visto derrumbarse y por momentos lo veo todavía, estallando y desmigajándose en ardientes pedazos, pero matando sólo a los flojos, inservibles y miserables. ¿Qué les parece entonces si armamos una peleíta?

Y ahora el pueblo, o esa pequeña parte del pueblo, arrastrado por el sonido de las palabras más que por las palabras mismas que apenas entendió, pero más capturado todavía por la expresión atormentada y anhelante en la cara del celador Gielty, la gota de fuego en cada ojo, el erizamiento del bigote y el pelo de cobre, estalló en una gran ovación que él mismo suprimió en seguida.

Porque esto debe quedar entre ustedes y yo, hijos míos, y ¿quiénes van a pelear?

Todos alzaron la mano. La mirada del celador Gielty anduvo entre las caras inexpresivas y mudas hasta encontrarse con la del Gato, donde se demoró en apreciativo reconocimiento de la historia pasada y el mérito presente:

Así que ya no te asusta una trompada.

El Gato hundió el pescuezo entre los hombres y pronunció aquellas tres palabras con que había engañado al pueblo una noche memorable:

Peleo con cualquiera, sólo que ahora era cierto, y todo el mundo lo sabia: el celador Gielty observó que los chicos más chicos estaban bajando la mano y haciéndose los distraídos, salvo Malone y O’Grady, que hubieran querido imitarlo pero no podían porque aún eran los depositarios de un prestigio fundado en el tamaño o la edad si no en la carga de expectativa que los demás depositaban en ellos, y por lo tanto mantuvieron en alto los brazos que temblaban un poco, mientras el tiempo crecía hasta volverse intolerable, y sólo entonces el celador Gielty dijo:

Está bien, parece que no es a ustedes a quienes hay que salvar, de modo que si nadie más da un paso al frente, seré yo quien elija, y cuando nadie más dio un paso al frente, empezó ese largo escrutinio, descarte, que el celador Gielty iba a concluir en el pequeño Collins al señalar:

Este – al decir: – Collins -al anunciar-: – El pequeño Collins peleará con el Gato.

Entonces hubo por ahí una risita y el celador Gielty se dio vuelta enardecido para descubrir a Malone atragantado, pero ya a su espalda rompía otro pedacito de burla, y el celador Gielty:

¿Qué pasa?

Nuevamente fue Mullahy el que explicó:

Collins no puede pelear con nadie, señor. De veras, señor. Está lleno de aire como una burbuja, y se hace pis en la cama.

Cosa que nadie sino él se hubiera atrevido a decir, porque Mullahy era el bardo y vocero del pueblo, perito en rimas, adivinanzas y proverbios, capaz de arrastrar a los suyos a extremos de diversión o sumirlos en negros ataques de melancolía, pero obligado a pronunciar a cualquier riesgo las palabras que latían informes en el ánimo general: por eso lo habían desterrado del dormitorio grande, donde sus historias, circulando de cama en cama como una víbora de fuego, mantenían a todos despiertos hasta el amanecer. Ahora los chicos engordaban de risa sin dejar de temer el castigo que caería sobre Mullahy, a quien amaban sin la envidia que despertaba cualquier otra habilidad con los puños, los pies o el palo de hurling, como si no existiera por sí mismo sino que fuera una emanación de los demás. Pero el celador Gielty no miró siquiera a Mullahy, y su cara se puso muy triste, tan triste que las risas cesaron en el acto.

Por supuesto dijo en voz casi inaudible yo sé que Collins no puede pelear con nadie. Por supuesto yo sé que sus brazos son demasiado cortos, que no tiene cintura que valga la pena mencionar, sino una ollita redonda de panza hinchada que le viene de pasarse el día entero comiendo miga de pan que roba de la mesa de los maestros; si no, de prácticas aún más vergonzosas. Por supuesto yo sé que ningún equipo de fútbol del Colegio quiere aceptarlo y que nadie nunca lo ha visto correr, porque tiene pies planos dentro de esos horrendos zapatos ortopédicos. Pero, ¿por qué otro motivo y aquí su voz atronó , por qué sino por eso, habría de elegirlo? ¿Por qué, sino porque es débil y enfermo e incluso un tonto, habría de fortalecerlo y agrandarlo para que sobreviva donde no sobreviviría entre ustedes, brutos, tramposos y asesinos, por qué habría de convertirlo en mi apuesta personal contra la fatalidad de las cosas? Porque eso también está escrito aquí palmeó el libro negro y aquí palmeó el libro rojo.

Y ahora todos comprendieron y el propio Collins asintió como si advirtiera que estaba siendo reconocido por primera vez en su vida: no importa qué clase de injuria, desprecio, hubiera en ese reconocimiento.

¿Así que pelearás con el Gato, no? preguntó el celador Gielty, y Collins dijo:

Sí, señor un brillo de emoción en sus ojos celestes , haré lo que usted diga, señor.

Buen muchacho murmuró el celador Gielty palmeándole la cabeza . Vamos dijo a los demás , hagamos un ring. Yo seré referí.

Con cuatro camas armaron el ring y pusieron en el suelo una colcha para amortiguar el ruido, porque en las semanas y meses que duró el Ejercicio, el celador Gielty no quiso que dejara de ser un secreto. Después el Gato se paró en su rincón, alto, suelto, indolente casi, y el celador Gielty le preguntó si conocía las reglas, y el Gato dijo que Sí, que conocía las reglas, y el celador se volvió al otro rincón donde Collins preguntó si podía pegarle en la cara, y todos volvieron a reír pero el celador Gielty se mordió el labio y dijo que Si, que podía pegarle al Gato en la cara, y dijo Listos, y dijo Adelante.

Los diez chicos que rodeaban el cuadrado sintieron que sus propios músculos se movían, pies clavados al suelo, brazos a la altura del pecho, mientras la sangre saltaba como un caballo, y todo ese movimiento estático iba dirigido contra el Gato, su fría cara detestable, queriendo machacarla y destruirla. De modo que nadie se extrañó cuando semejante carga de participación en el destino de Collins, impulso sólido hecho quizá del alma de O’Grady y de Malone y de todas las almas menores circundantes, se arrojó hacia adelante golpeando con furor. Pero aún esos gloriosos espíritus naufragaron en la simple elegancia de estilo con que el Gato paró cada atormentado golpe, la rapidez con que plegó su largo cuerpo, se agachó bajo los brazos de Collins y apareció intacto a sus espaldas. El pueblo exhaló en asombro el aire contenido en esperanza.

El Gato sonreía, parte izquierda de la cara solamente, aventura del labio que parecía llegar hasta el ojo, mientras la mitad derecha seguía de madera. Round de Collins apuró el celador Gielty, y Un minuto de descanso mientras desaparecía tras las sábanas que amurallaban su cama, regresaba con una toalla alrededor de los hombros.

¿Quería el Gato pegarle a Collins? La respuesta siempre fue dudosa, sobre todo para él que nunca se hizo la pregunta. Pero cuando en el segundo round Collins volvió a atacar y los demás empezaron a abuchearlo, el Gato dejó de sonreír. Fue entonces que la voz de Gielty llegó a él y solamente a él, en un sordo ladrido:

Pégale, Gato y cuando éste miró de soslayo al rincón de donde venía la orden, el pequeño Collins, ya jadeante, acertó con su única trompada de suerte en la oreja del Gato, que en el acto ya no estaba allí sino a dos pasos de distancia, aunque volviendo, ligeramente agazapado, y entonces escuchó por segunda vez la sofocada orden:

¡Pégale!

El Gato cambió de paso, y aun en el tumulto del clamorear del público, sacó la mano derecha, que hasta entonces había mantenido bajo la mandíbula. No fue una trompada, fue un latigazo, tan instantáneo que nadie vio regresar la mano a su punto de partida, a su forma de almohadilla debajo del mentón, pero una mancha roja empezó a inundar la mejilla de Collins, tardando bochornosamente su tiempo bajo la mirada general. Ahora el Gato chapoteaba en ira, volvía a golpear y recuperó sus nudillos tintos en la sangre que había saltado como un surtidor de la nariz del adversario.

La toalla mojada cayó en el ring y el celador Gielty dijo que ya bastaba por esa noche, que el pequeño Collins se había portado muy bien para un principiante y que después de todo bien podría salvar su alma si aprendía a no bajar la guardia ni arrastrar los pies, cosa que el chico creyó a medias mientras dos de los mayores lo llevaban lagrimeando al lavatorio, y aun la comunidad pareció creerlo y empezó a volcar consejo en sus oídos sobre la forma en que había que pelear al Gato. Al día siguiente Malone se ofreció a enseñarle en los recreos, y después intervino Rositer que era del dormitorio grande: la esperanza de sus partidarios había crecido mucho cuando tres días más tarde el celador Gielty convocó a un nuevo Ejercicio.

El Gato ya no estaba enojado esa noche, sino juguetón y tolerante. Collins veía ante él su cara desnuda, a veces muy cercana, casi tocando la suya, moviéndose como un reflejo en el agua, cinco pulgadas más arriba o más abajo de donde acababa de estar. Cada largo intervalo el Gato descargaba un solo swing bajo o un cross, ya no contra su nariz sino en la parte blanda de los brazos que se iban durmiendo con un sueño casi placentero, hasta que no pudo alzarlos al nivel de la cintura y entonces el celador Gielty detuvo la pelea y anunció que su pupilo se había desenvuelto meritoriamente, aguantando casi cinco rounds sin sangrar en absoluto, lo que demostraba que ya estaba más fuerte y mejor encaminado para sobrevivir, siempre que aprendiera a respirar bien y administrar mejor sus fuerzas.

El día siguiente, sábado, los ciento treinta irlandeses lavaron y limpiaron sus cuerpos y sus almas. Después del almuerzo, balde tras balde de pecado empezaron a volcarse en los dos confesionarios de la capilla donde el padre Gormally escuchaba con filosófica diversión mientras el padre Keven sentía su úlcera extender largas patas frente a tanta violencia arrepentida, gorda gula en cuerpos flacos, viciosos intercambios que la fuerza podía imponer a la debilidad, la pasión al interés, la belleza al alma de rapiña. Collins se preguntó si hablaría del Ejercicio y finalmente se abstuvo, de modo que su confesión resultó muy corta siendo como era demasiado chico y bobo para cargar con grandes culpas, y cuando las manos del sacerdote lo absolvieron subió al dormitorio para el baño semanal y encontró a todos esperando.

Se desvistieron en el frío del invierno que duraba aún, envolvieron en toallas sus cinturas lampiñas y caminaron a las duchas. Dentro del vientre cálido que más que ninguna otra cosa le recordaba a su familia, Collins se miró los brazos y vio los moretones producidos la noche antes por los golpes del Gato. Después oyó la voz del celador Gielty que venía a lo largo del pasillo asomándose por encima de cada puerta y diciendo, “¡Lavarse! ¡Lavarse!”, y cuando llegó frente a la suya el pequeño Collins pensó que el agua se había enfriado de golpe y tapó su gusanito de sexo mientras el celador lo escrutaba largamente, antes de mover la cabeza a un lado y a otro, pero lo único que dijo fue ”¡Lavarse! ¡Lavarse!” y siguió de largo, y entonces el agua volvió a ser caliente, lo que tal vez obedecía a causas naturales como una canilla que acabara de cerrarse en la ducha vecina o un repentino golpe de fuego en las calderas.

En la capilla las últimas heces de culpa caían en los oídos de los confesores que las dejaban desaguar al río inmemorial que da siete veces la vuelta a la tierra y sólo ha de venir a la superficie en las postrimerías. Los que bajaban de los baños olían limpio y pensaban limpio, o más bien habían dejado de pensar hasta la mañana siguiente para no caer en la tentación, que era su modo normal de pensar, y formaban en hileras ante la privilegiada cofradía de los lustrabotas para el postrer embellecimiento de la jornada. Después de la cena los juegos del patio fueron apacibles, las voces atenuadas. Los suertudos que disponían de algunas monedas acudieron a la despensa donde el sacristán Brown vendía por cinco centavos chocolatines delgados como suspiros, los dividieron entre los amigos con una generosidad que no figuraba en los días comunes y cuando Murphy el Pajero encontró debajo de la etiqueta roja al famoso Pez Torpedo, nadie se abalanzó sobre él para quitárselo como habrían hecho un lunes o un jueves, sino que el propio Dolan sobre quien seguía encaramada el Aguila del mando le ofreció una escolta personal que rodeó a Murphy el Pajero y su preciosa figurita mientras se pavoneaba entre los claustros.

Sonó la campana convocando a la última hora de estudio antes de la bendición. Los sábados estaban consagrados a lecturas espirituales donde se turnaban sacerdotes y maestros pero en las que el celador Gielty, siendo uno de los hombres más doctos del Colegio y acaso una promesa de la teología o de la ciencia, descollaba. De modo que esa noche cuando todos estuvieron sentados en el aula magna, el celador Gielty se alzó en la tarima, pelo rojo brillando y bigote rojo brillando, y con un mundo de fijeza en la cara transfigurada, anunció que hablaría sobre Las Partes del Ojo.

¿Quién podría olvidar lo que dijo? Cualquiera, porque no había allí terreno fértil para la verdad, sino un tropel de chicos somnolientos, colmados de la Gracia obtenida en confesión, hostiles a cualquier cosa que amenazara el sentimiento de seguridad y autojusticia que habían conquistado. El celador Gielty, sin embargo, habló con la certeza de la Revelación, empezando por elementos simples como la luz y los variados artificios que permiten percibirla a los seres más rudimentarios, plantas y flores como el girasol o el tallo tierno de la avena que tiene en la punta una mancha amarilla que es en rigor un ojo.

Después se internó libremente en los reinos vulgares de la Naturaleza donde el ojo se hacía cada vez más sutil y complicado, desde la piel sensible del gusano hasta la visión mosaica de los insectos hasta la primera imagen que tembló como una gota de agua dentro de la cabeza de un molusco. Y se hundió en las profundidades del mar y las arenas del tiempo donde descansaban los ojos más antiguos del mundo hechos de hueso transparente; encontró los peces telescopios, pupilas que miraban sólo para adentro y ojos que ardían al mirar durando apenas un segundo, piedras que veían y extraños seres de mirada curva con párpados de espinas que nunca se cerraban, ojos copulantes y ojos que veían el pasado o medusas que comían con la vista, ojos en bolsas y bolsillos y ojos que escuchaban, retinas donde el día era noche impenetrable y la noche cegadora luz, sin olvidar la pupila que lleva su linterna propia ni el ojo líquido derramado de su fosa que volvía como gotas de mercurio con la memoria de las cosas visitadas o no volvía nunca y rueda todavía por ahí colmado de las escenas capturadas milenios atrás, ni la retina cubierta de piel que sólo a sí misma se contempla ni el ojo pineal de la lamprea o el profético ojo del nautilo.

Después se remontó a los reinos intermedios donde el ojo se trascendía a sí mismo deviniendo voluntad de conocer, y quiso explicar el portento de la primera imagen que ya no quedaba en él sino que viajaba al cerebro, milagrosa transformación de lo material en inmaterial, punto de nacida del alma donde hasta un mono ciego era a su modo un facsímil de Dios construido en torno a la intención de ver (¿qué era Dios al fin, sino el mundo vidente y visto?) y cuando por último entró en la esfera visualmente superior de los ángeles y las aves de presa, antes de recaer en el hombre y Las Partes del Ojo, que era adonde quería llegar y el tema central de su conferencia, el tiempo se había terminado y gran parte de sus oyentes dormían con sus propios ojos abiertos, y los que no se durmieron apilaban montones de evidencia, palabra sobre estulta palabra, en torno a la ahora firme leyenda de la locura del celador Gielty, que el Gato podía desdeñar porque en su opinión locos eran todos pero que terminó por lacrar en Collins la conciencia del terror: fue entonces cuando se le ocurrió la grandiosa idea de la salvación a través de su tío Malcolm.

El celador Gielty no dejó que las consideraciones filosóficas turbaran el negocio práctico del Ejercicio, que fue debidamente anunciado y ejecutado dos a tres días más tarde y prosiguió en adelante con una lógica que el pequeño Collins sólo podía comprender al revés porque contradecía el recóndito deseo de su corazón, llamándolo a pelear cuando más quería que lo dejaran tranquilo, dejándolo tranquilo cuando realmente había dejado de importarle.

En los habitantes del segregado dormitorio, toda esperanza al principio construida sobre Collins estaba muerta. El chico no tenía médula, reflejos, voluntad de pelear, nada salvo una especie de femenil pudor que le impedía acusar a su verdugo, aceptar ayuda de los otros y aun mostrar las marcas de su cuerpo. Volvía a su cama donde lloraba desesperado llanto debajo de su almohada, acariciando cada alfilerazo de dolor y de vergüenza, cada huella violenta de la piel hinchada donde el Gato había golpeado y vuelto a golpear.

A principios de setiembre puso dos tiras de papel secante debajo de las plantas de sus pies, por la noche en el rosario ardía, a la mañana siguiente no se levantaba, por la tarde lo llevaron a la enfermería donde deliró: el tío Malcolm se le aparecía limpio, fuerte y vengativo, pleno de cólera y de amor, que eran una misma y sola cosa que el pequeño Collins no entendió en seguida pero que le daba un raro sentimiento de seguridad y de consuelo, y cuando despertó al día siguiente la carta al tío Malcolm ya estaba escrita en su cabeza toda entera y no tuvo más que pedir a O’Grady que furtivamente acudía a visitarlo, lápiz y papel: sentarse en la cama a escribir la carta que el sueño le dictaba, y entonces escribió:

Mi querido tío Malcolm, dondequiera que estés, te mando esta carta a mi casa en tu nombre, y espero que al recibirla estés bien, como yo no estoy, y sinceramente espero, mi querido tío Malcolm, que vengas a salvarme del celador Gielty, que está loco y quiere que me muera, aunque yo no lo hice nada, te lo juro mi querido tío Malcolm. Así que si vas a venir, por favor decile que yo no quiero pelear más en el dormitorio con el Gato, como él quiere que pelee, y que yo no quiero que el Gato vuelva a pegarme, y si el Gato vuelve a pegarme creo que me voy a morir, mi querido tío Malcolm, así que por favor y por favor no te dejes de venir, te lo pide tu sobrino que te quiere y que te admira atentamente.

No era ésta una carta ordinaria como las que todos escribían el primero de cada mes con el objeto de decirte mi adorada mamá que estoy muy bien gracias a Dios, y con el objeto de decirte mi estimado padre que mis estudios van muy bien con la ayuda de la Virgen, y con el objeto de decirte mi apreciado hermano que la comida es muy buena y que los domingos nos dan budín de pan, y con el objeto de decirte mi querido perro Dick que estoy muy bien a Dios gracias aunque siempre sueño con vos: todo lo cual era certificado desde sus tarimas por el padre Ham Fagan y el padre Ham y el padre Gormally, y quién mejor que ellos para certificar tales cosas, elogiar a quienes podían descubrir una nueva vuelta de optimismo, cierto color de indudada felicidad, o reprimir a los que por pura distracción se mostraban tibios en el relato de sus propias vidas. No. Era más bien subversiva y anómala, que necesitaba para circular subversivos y anómalos canales, y ésta era la misión de la liga Shamrock, de la que Collins ignoraba casi todo, salvo que existía y que para algunos Shamrock significaba trébol cuando para otros quería decir algo así como carajo.

La Liga jamás había contado a Collins como miembro, ni su suerte le importaba mucho, ocupada como estaba en contrabandear a beneficio de su propia jerarquía cantidades de ginebra, cigarrillos y apuestas de quiniela, y aun contando para las mayores citas en el pueblo con heladas mujeres que acudían a la capilla del Colegio a oír misa los domingos. Pero la conducta y locura del celador Gielty eran ya una ofensa para todos, y es posible que alguna de sus bofetadas, arranques insensatos de furor, sarcasmos que escaldaban el alma, hubieran afectado a miembros verdaderos de la Liga. De modo que el mensaje del pequeño Collins ascendió escalón por escalón donde nadie sabía si el próximo escalón era un trébol o un carajo pero donde todos sabían que el mensaje iba subiendo hasta que llegó al nivel más alto en que se escapaba a la censura y se iba por correo expreso.

El celador Gielty estaba preocupado. Sabía naturalmente que el Ejercicio era cruel y casi intolerable para Collins, pero había visto la crueldad inscripta en cada callejón de lo creado como la rúbrica personal de Dios: la araña matando la mosca, la avispa matando la araña, el hombre matando todo lo que se ponía a su alcance, el mundo un gigantesco matadero hecho a Su imagen y semejanza, generaciones encumbrándose y cayendo sin utilidad, sin propósito, sin vestigio de inmortalidad surgiendo en parte alguna, ni una sola justificación del sangriento simulacro. ¿Podía permitir que el pequeño Collins se enfrentara solo, con su caníbal tiempo? No. ¿Pero no estaba yendo demasiado lejos, precipitando lo que quería evitar? Una y otra vez se rezagó en la capilla después de la misa o el rosario, buscando una respuesta, sintiendo que su cerebro ardía más que nunca, perdiendo cada cosa que ganaba porque cada cosa comprendida significaba un pedacito de sí mismo que se disipaba en una incandescente partícula: hasta que oyó una voz que le ordenaba seguir adelante y darse prisa en salvar a Collins, porque alguien venía desde el horizonte del tiempo a detenerlo. Y así fue como Malcolm entró en su cabeza, casi al mismo tiempo que en la cabeza de Collins.

El chico había tenido suerte. El viejo doctor que vino del pueblo a revisarlo diagnosticó una especie de influenza virulenta. Una semana de reposo en la enfermería significaba, por lo general, total soledad y aburrimiento, ver los días que entraban y salían por la ventana interrumpidos solamente por el enfermero que llegaba con la aguachenta taza de té o el plato de sopa desmayada, pero Collins admitió que se le estaba dando un respiro, y no tenia apuro por sanar aunque mejoraba casi insensiblemente: los moretones de sus brazos se volvieron grises, al fin amarillos y el calor y el sudor huyeron de su cuerpo, dejándolo fresco y apacible cuando volvió el doctor, le acarició el pelo, dijo:

Ya estás bien, muchacho, el lunes puedes levantarte. Esto sucedió un sábado. Así que el lunes se levantó, algo tembloroso sobre sus piernas, y cuando los otros chicos lo vieron en el patio acudieron a saludarlo y a conversar con él, todos muy amables, le estrecharon la mano y uno que se llamaba Brennan, a quien apenas conocía, le apretó la mano más fuerte que los otros y cuando retiró la suya había un pedacito de papel sin sobre:

Y ésa era la carta del tío Malcolm.

Que decía simplemente: ”El domingo iré, trompearé al celador Gielty hasta la muerte”.

Y así fue como el pueblo empezó a prepararse para la batalla y a medida que la semana se iba inflando despacito como un globo, llenándose de expectativa, se vio lo grande que iba a ser esa batalla.

Malcolm, en la versión inicial de Collins, era un hombre más bien alto y rubio, de unos treinta años, rientes ojos verdes, sombrero de ala ancha y un bastón que blandía con despreocupada gracia: así fue representado en los toscos dibujos que empezaron a surgir sobre hojas de canson o cuaderno. Sutiles cambios aparecieron el segundo día de la espera: Malcolm era ya decididamente alto, impersonal, la sonrisa se había convertido en mueca irónica mientras el celador Gielty se reducía a un pigmeo que sollozaba abyectamente en su presencia.

Estos, sin embargo, no era más que contornos, límites vacíos. Collins se sintió llamado a colmarlos, cada vez con mayor apremio, y no tuvo dificultad en recordar la naturaleza feliz de Malcolm, su fortuna con las mujeres, sus aventuras en cuatro rincones del mundo, En la mañana del tercer día se supo que Malcolm había sido un héroe en la guerra del Chaco o de España, donde fue condecorado por el presidente de Bolivia o por el general Miaja, pero lo que realmente importaba era que él sólo liquidó a diez enemigos, si no eran quince, y que al último lo mató con la culata del fusil descargado antes de volver herido y sediento para desplomarse a los pies del comandante en jefe que sobre el campo de batalla lo ascendió a coronel, o tal vez a capitán.

Los retratos de Malcolm eran ya más grandes, acercándose al punto en que se convertirían en afiches. Este proceso, aunque espontáneo, surgido de la entraña de la gente, tuvo sus tropiezos antes de asumir la forma grandiosa que finalmente tuvo. Cuando al promediar el cuarto día, por ejemplo, se supo que Malcolm había sido campeón juvenil de boxeo, que llegó a pelear con Justo Suárez y que únicamente el destructivo amor de una actriz de cine le impidió obtener el cetro mundial, fue casi irresistible la tentación de pintarlo con pantaloncitos y guantes de box, los bíceps como bochas, la cintura más angosta y el tórax mas ancho, tatuado con una mujer rubia y tetona.

Prevaleció sin embargo el buen sentido artístico, y la imagen final adoptada por el sentimiento colectivo mostraba un Malcolm que a pesar de cada embellecido detalle se parecía a la versión original: sobriamente vestido con un traje de corte más bien inglés, la mano derecha curvada en torno al puño del bastón, el dorso de la izquierda apoyado en la cintura que adelantaba medio paso al pie, el sombrero y la cara arrojados para atrás en un gesto seductor de optimismo y desafío. Cuando se llegó a esta condensación, el tiempo ya era pobre para cortar grandes rectángulos de cartulina y de sábanas robadas, hervir en agua o disolver en alcohol las tapas rojas de la gramática, verdes del catecismo, azules del libro de lectura, obtener en el campo una raíz que secada era un pigmento amarillo y unas bayas que daban el índigo, pintar la figura y exclamar al pie de cien pendones: ¡Viva Malcolm!, o, simplemente, MALCOLM.

El celador Gielty no había reanudado el Ejercicio. Sentía el temor de la gente esfumarse, la hostilidad crecer como una marea y asumir formas cada vez más abiertas: conversaciones interrumpidas, marchas militares de ambiguo estribillo, inscripciones en paredes, la cruda pantomima que una y otra vez representó ante sus ojos la derrota de un impostor o un payaso, encarnado por Murtagh, frente a un héroe sin mancha en el que todos querían turnarse. Dudaba. Su cubículo de sábanas permaneció iluminado noches tras noche. Se murmuraba que leía y releía el libro negro, el libro rojo, y en una ocasión, antes del alba, un testigo oyó su voz profiriendo un torrente de terrible y sofocada obscenidad. A medida que el tiempo se acercaba, emergía de su muralla un poco más febril y consumido, con un sedimento de barro en el fondo de los ojos, y hasta las puntas de los bigotes levemente caídas.

Todo esto alentó inmensamente a la comunidad. Ahora nadie dudaba el resultado del combate, pero todos querían que fuera además una fiesta y en esos enloquecidos preparativos se fue la semana sin que nadie estudiara una línea, cosa que inquietó mucho a sacerdotes y maestros que veían el Colegio sustraído al flujo regular de las cosas, transportado en una nube de excitación, sin poder descubrir el motivo que no fue traicionado ni siquiera en el secreto del confesionario.

Si hubo una mancha en ese panorama, pasó inadvertida. El viernes por la noche los mayores quisieron oír la opinión de Pata Santa Walker, que fue dada en la oscuridad de la leñera ante un círculo de atentos cigarrillos. Pata Santa, acuclillado, meditó largamente, como si sus famosos poderes estuvieran sometidos a prueba.

Está viniendo murmuró al fin y bajó la frente casi hasta tocar su enorme botín de madera, oír en la vibración del suelo el paso anunciado.

Los puchos respiraron desengaño, porque quién no sabía que Malcolm estaba viniendo, y hubo una pausa de nuevo muy larga, a cuyo término Pata Santa reveló su cara adusta y afilada, agregando esa única frase:

No vendrá de gusto, cuyo sentido fue soplado como una vela navegante en dirección favorable por el ruido de la campana que llamaba al estudio en el aula donde Pata Santa ocupó su banco, que era el último, y nadie vio las dos lágrimas que rodaron de pronto, una de cada ojo, sobre la página más aburrida de su gramática.

¿Qué fue el sábado? Un pasaje, un suspiro, un destello, una hojita podrida del tiempo que cayó por la noche cuando el celador Gielty bajó a la capilla mientras en los dormitorios la gente pronunciaba su propia plegaria: ”Mañana Malcolm vendrá, trompeará al celador Gielty hasta la muerte”. Sobre esta certeza durmieron. Llegó al fin ese día, y a la hora en que el sol de costumbre brillaba en los vidrios, el sol del domingo encontró cien caras despiertas mirando el camino, la tranquera y el parque, y un centenar de estandartes bajaron de las altas ventanas.

La primavera había venido y muerto, regresado, vencido: tempranas rosas centelleaban entre las araucarias, chingolos saltaban sobre el pasto mojado, retumbaba un tren, mujeres acudían a la misa, el mundo se desnudaba en pliegue y repliegue de arboleda, campo, paz, sobre la que se estrellaron las primeras campanas.

Formaron, bajaron, entraron en la capilla donde lo primero que vieron fue el celador Gielty, todavía acurrucado en un banco del fondo, moviendo los labios descoloridos, los ojos clavados en nada. El padre Fagan salió en su caparazón de oro y su cortejo de púrpura.

Mientras duró la misa no hubo noticias de los cuatro centinelas que arriba atisbaban el primer signo de Malcolm. Tras el desayuno una décima parte de la población se turnó en las guardias, y antes de las nueve se supo que un bulto negro avanzaba por el camino: minutos después era la madre de O’Neill, que acudía a visitarlo el único día de visita, y apenas O’Neill fue a la rectoría a recibir su dádiva de lágrimas y besos con quizá un frasco de miel, caramelos, cualquier otra ternura que la pobreza, la viudez, el cansado amor podían permitirse, el gran ómnibus rojo de la ciudad chirrió en el macadam, una figura bajó del estribo, y no era Malcolm sino el padre de Murphy el Pajero, que debía ser tan pajero como él, aunque lo que era, era en realidad un viejo triste y tembleque con un tortuoso chambergo y un chaleco raído que se quedó espiando a un lado y otro del camino antes de abrir la tranquera.

La tardanza de Malcolm planteaba ahora la posibilidad de que el padre Ham o el padre Keven salieran a dar un paseo entre los grupos familiares que empezaban a sentarse en el pasto, abrir sus paquetes, comer pan y salame, cambiando nostalgias y esperanzas. Se ordenó esconder las insignias, cada una debajo de su almohada al pie de cada ventana.

Este movimiento, ejecutado a las diez, debió ser pero no fue motivo de aflicción porque nada podía sacudir la fe de la gente, sobre todo cuando Collins admitió que su tío nunca se levantaba temprano, y que bien podía llegar una hora más tarde que un madrugador.

A las once, nadie cejaba: más bien empezaron a preguntarse dónde andaba Malcolm cuando escribió su mensaje a Collins, en qué remoto campo de batalla, qué ciudad china, qué llanura ártica y, en ese caso, cómo podían reprocharle que demorase un poco.

La mitad de los pupilos estaban en el parque, la otra mitad asomados a las ventanas. Un puntito colorado apareció lejos en el cielo, describió un ancho círculo. Al volver rugía a baja altura, rozaba las puntas de pinos y cipreses, pasaba aterradoramente sobre los rosales chasqueando las dos alas en el viento y un hombre se asomaba a la carlinga, tan próximo que todo creyeron ver sus ojos que sonreían detrás de las enormes antiparras, gritaron ¡Malcolm!, y volvieron a gritar, y la tercera vez se quedaron mudos con la boca abierta porque el aeroplano ya estaba lejos y se iba hasta perderse en una línea recta que partía el corazón. Y ahora sí, el espíritu del pueblo pareció flaquear por primera vez, el almuerzo transcurrió en silencio, por la tarde se jugó el partido de fútbol más aburrido en la historia del Colegio, donde hasta Gunning hizo un gol en contra y el celador Dillon, que estaba a cargo de los deportes, repitió cinco veces la palabra vergüenza.

Cuando volvieron al patio quedaban las sobras del domingo. Las últimas visitas empezaron a decir adiós, los puestos de los centinelas estaban desiertos y ya nadie creía realmente en la llegada de Malcolm. Hay un momento, en esas tardes de fines de setiembre, en que el sol entra casi horizontal por las ventanas del comedor, sale, cruza el patio y echa sobre la pared del este una explosión anaranjada. Era ese momento el que Pata Santa Walker, armado de una lupa, estudiaba en aquellos días, y debió ser ese momento el que de golpe captó en su plenitud, su irrevelado misterio escrito en la pared, porque gritó, y al mirar a sus espaldas vio que la muchedumbre entera corría hacia las dos esquinas del patio en un movimiento que nunca fue explicado, se atropellaba en las escaleras, se clavaba a las ventanas desplegando los estandartes y lanzaba una sola inmensa exclamación.

Y allí, frente a todos, junto a la tranquera, estaba Malcolm.

Respondía con los brazos abiertos al clamor de la multitud, el bastón en una mano, el sombrero en la otra, y aunque tal vez no fuera tan alto como habían imaginado, su pelo pareciera demasiado rubio (pero ésa pudo ser una última trampa del sol de azafrán) y sus ropas no estuvieran recién salidas del sastre ni aun de la tintorería, cuando se practicaron todos los descuentos necesarios entre los sueños y los hechos resultaba más satisfactorio que los sueños, porque era verdadero y caminaba hacia ellos.

El celador Gielty salió de la capilla.

Los chicos que lo vieron en escorzo, el paso sonámbulo, el guardapolvo gris y arrugado, se preguntaron cómo habían podido temerle; esa repentina vergüenza desató una abrumadora silbatina mientras el celador Gielty avanzaba hacia Malcolm hasta que se enfrentaron en el centro del parque.

El mundo estaba muy tranquilo, ni un pájaro cantaba ni una hoja se movía y el silencio se tornó aplastante en la hilera de altas ventanas donde los ciento treinta irlandeses se apiñaban, sin que faltara ni siquiera el Gato, y mucho menos Collins en un sitial de privilegio sobre el retrato más grande de Malcolm, multiplicado en una fantástica selva de banderas, gallardetes y caricaturas de último momento.

Malcolm depositó en el pasto el sombrero y el bastón, se quitó el saco, lo plegó cuidadosamente y lo dejó también. En un gesto lleno de nobleza adelantó un paso tendiendo la mano al adversario antes del combate.

Pero el celador Gielty simplemente se escupió los nudillos y se puso en guardia.

Atacó, lanzando dos golpes a la zona alta, y cuando Malcolm bloqueó el más peligroso, eludió el segundo con un movimiento muy sobrio de la cabeza, se oyó la primera ovación y las banderas ondearon. Gielty arremetió de nuevo, encorvando la espalda y de pronto se vio lo poderosa que era esa espalda, cómo se hinchaba al descargar un puñetazo. Pero Malcolm tornó a esquivar con facilidad y mientras giraba a su alrededor en un círculo muy estrecho desplegó esos primeros toques de arte que tanto alegraron el corazón de los entendidos: sus pies se movían como si cantaran. Y ahora el poderoso y rítmico coro se alzó de las tribunas: ¡Malcolm! ¡Malcolm!

¿Fue eso lo que irritó a Gielty, precipitándolo a una furiosa embestida? Malcolm ya no podía eludir sin responder, y lo hizo con un cross que sonó redondo y hueco en la cara de Gielty, y mientras el clamor arreciaba, lo frenó con un swing al cuerpo que extenuó cada garganta, inflamó cada estandarte.

¡Oscuro, insomne, empecinado Gielty! Una vez más escupió en sus nudillos, una vez más hundió la cabeza entre los hombros y echó para adelante, en su guardapolvo gris, su apostura desgraciada, su fe santa y asesina. La combinación que lo recibió tuvo tal belleza en su impresionante rapidez que sólo con dificultad pudo un intelecto ajeno reconstruirla o creerla, y más tarde se discutió mucho si fue un jab, un hook y un uno-dos, o sólo el jab y el uno-dos, pero el resultado estaba a la vista y regocijo general, aquel hombre acérrimo frenado como un toro por la maza, en el centro del parque, jadeando hondamente y bamboleándose contra las oscuras araucarias, el sol poniente y el perfume cercano de la noche. Y cuando esta cosa tremenda sucedió, el corazón del pueblo empezó a arder en una ancha, arrasadora, omnipotente conflagración que sacudió toda la hilera de ventanas hamacándola de parte a parte, el amigo abrazando al enemigo, la autoridad festejando al hombre común, el individuo fundiéndose en sentimiento general mientras Collins era besado y el Gato refractario se retiraba a una segunda línea desde donde aún podía ver sin perjuicio de escapar.

Y cuando Malcolm, Malcolm, se sintió confrontado con esta demostración, qué otra cosa podía hacer, qué habría hecho cualquiera sino abrir los brazos para recibirla y guardarla hasta su vieja y gloriosa edad, saludando a la derecha, y saludando a la izquierda y saludando especialmente al centro, donde vos estabas, mi querido sobrino Collins, por quien vine de tan lejos. Y esto refutaba acaso para siempre la pregunta que semanas más tarde formularía Geraghty: ¿qué necesidad tenía de saludar?

Entretanto hubo alguno que no quiso sobrevivir a una culminación, que experimentó ese instantáneo deseo de la muerte inseparable de la extrema dicha y cayó ocho metros desde una ventana agitándose en alegría sobre unos matorrales donde no murió. Se llamaba Cummings.

Allí acabó la felicidad, tan buena mientras duraba, tan parecida al pan, al vino y al amor. Recuperado Gielty sacudió al saludante Malcolm con un mazazo al hígado, y mientras Malcolm se doblaba tras una mueca de sorpresa y de dolor, el pueblo aprendió, y mientras Gielty lo arrastraba en la punta de sus puños como en los cuernos de un toro, el pueblo aprendió que estaba solo, y cuando los puñetazos que sonaban en la tarde abrieron una llaga incurable en la memoria, el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza, mientras un último golpe lanzaba al querido tío Malcolm del otro lado de la cerca donde permaneció insensible y un héroe en la mitad del camino.

Entonces el celador Gielty volvió, y con la primera sombra de la noche en los ojos, miró una sola vez la hilera de caras majestuosamente calladas y de banderas muertas, se persignó y entró rápido.

Fin.

Este cuento fue copiado de esta dirección: https://zapateando2.wordpress.com/2010/07/22/un-oscuro-dia-de-justicia-por-rodolfo-walsh/




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20 de febrero de 2016

DON ELÍAS

DON ELÍAS
Era un tipo que tenía Prode enfrente de la óptica. Tenía más de ochenta años y seguia trabajando sin parar. Trabajaba junto a su mujer, una mujer sorda. Él decía que todo el mundo lo envidiaba porque las sordas hablan poco. Don Elías era una especie de bruto filósofo, como ya no hay más. Ahora los brutos son banales. Había sido peluquero toda la vida en Pueyrredón y Corrientes. Y le había cortado el pelo a la mafia prostubilaria de la Zwi Migdal del barrio de Once. Calificaba a la gente con una sola forma: "tiene mafia" o "no tiene mafia". Cuando lo conoció a mi marido me dijo "es un buen muchacho, no tiene mafia". Una vez, de enfrente, vio entrar y salir un tipo que vino a comprarse anteojos. Cuando el tipo se fue, él se cruzó para decirme "ojo, no le tenga confianza, ese tipo tiene mafia". Me acordé de él -y siempre me acuerdo por lo mismo- porque un día me dijo: "es lo mismo vivir poco que vivir mucho, tengo ochenta y tres años y todo me parece ayer". Estaba pensando en todo lo que hemos pasado, en que todo está tan vivo que parece ayer. Y me acordé de Don Elías y su filosofía.

La foto que encontré para saludar a Cristina en su cumpleaños la elegí porque levantaba una copa y tenía el pelo recogido. Y el pelo recogido yo se lo ví solo una vez, cuando fue la recepción en Cancillería la noche en que asumió su primera presidencia. ¡Qué felicidad tenía yo! Era una noche hermosa. Mirando detrás de las rejas de Cancillería, de ese hermoso edificio, ví entrar -entre muchos- a Hugo Chávez y ví entrar a Correa. Éramos muy poquitos. Todavía ella no había conquistado a su pueblo. Hugo Chávez no se dio vuelta para saludar. Pero Correa, cuando escuchó los saludos, se dio vuelta y saludó con el brazo agitándolo, y se vio su sonrisa formidable. No me voy a olvidar nunca de esa noche hermosa. Me parece ayer, por eso me acordé de Don Elías.

Don Elías, a sus ochenta y pico, decidió dejar de trabajar y dedicarse a disfrutar de la vida "con la vieja" y usar toda la plata que había juntado en tantos años de trabajo. Tenía una hija en Bariloche, y se fue a visitarla inaugurando su etapa de vivir de rentas sin laburar. Se tomaron el micro, se sentaron los dos en el primer asiento. El micro chocó. Se mataron los dos.



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12 de mayo de 2012

La Molinari


Hace 40 años había una inspectora de óptica del Sector de Salud Pública de la Nación, para la Capital Federal, de apellido Molinari, a la que llamaban “la Molinari”.

Ella hacía cumplir el “petitorio” a rajatabla. El “petitorio” era una lista de cosas que había que cumplir en un establecimiento de óptica. Jamás conocí a un Inspector que no fuera corrupto e indolente, salvo ella. Era el terror de todas las ópticas. Inspeccionaba a todas una vez por año, faltamente.
Siempre encontraba alguna irregularidad, se las arreglaba para encontrarla. De un asunto nimio hacía un escándalo, ponía un plazo corto, y volvía para comprobar si se había corregido.
El tema era el petitorio del stock de cristales.Los cristales que había que tener en la óptica sumaban un capital importante. Cuando se hizo ese petitorio, se tomó en cuenta a todo el territorio del país y a la lejanía de muchas ópticas de los lugares de venta mayorista, por lo que se exigió mucho más cantidad de la necesaria y razonable para una óptica de Capital Federal que estaba a unos minutos de viaje de cualquier mayorista.
Tener cristales en stock de graduaciones raras e inusuales, por lo menos en Buenos Aires, era un despropósito. Los ópticos tratábamos de dar uso a ese capital inmóvil e inútil no reponiendo los faltantes menos requeridos, y así se nos iba achicando el stock de cristales, haciéndose evidente el achicamiento, por lo que todos reponíamos las graduaciones raras con otras que salían diariamente, con tal de que la Molinari no viera el achicamiento. La Molinari hacía pagar el precio de ese error a cada óptico. Si llegaba a mirar el petitorio, revisaba una por una las graduaciones existentes y si había faltantes ordenaba su reposición en pocos días, lo que hacía a veces imposible a un óptico de barrio poder cumplir, por el monto requerido.
A mí me hizo pagar el error. Salí a buscar auxilio en la parentela para disponer de 40 mil pesos que no tenía para llenar el petitorio en una semana. Pero luego encontré un subterfugio para seguir sin reponer las graduaciones raras sin que ella lo supiera.
Resulta que ella inspeccionaba siguiendo un orden fijo. Primero se fijaba si estaba la chapa de bronce en la pared externa y si la chapa tenía el Nº de matrícula profesional. Segundo, si el óptico tenía puesto el delantal blanco. Tercero, se fijaba que el título profesional colgara de la pared interna. Cuarto, revisaba el frontofocómetro y comprobaba que un cristal fuera medido correctamente por el aparato. Le seguía la biseladora. Observaba que estuviera mojada y advertía que ella de esa manera comprobaba que los trabajos se hacían en la óptica, y que si estuviera demasiado reseca clausuraba la óptica porque eso significaba que los trabajos se mandaban a hacer afuera, cosa que estaba prohibida. Después de toda esa rutina pasaba a controlar el stock de cristales.
La primera vez que estuvo, todo estaba bien, pero faltaron cristales y me obligó a gastar la plata que no tenía, yo con una bronca bárbara contra esa mujer inexpugnable y de pésimo carácter que no quería oir razones ni dar mayor tiempo, como si hubiera asumido en sí misma el valor moral de la República. Muchas veces pensé en qué bueno hubiera sido que todos hubieran sido como ella.
La cuestión es que en la visita del año siguiente yo había sacado la chapa de bronce, porque las estaban robando, y la había puesto en la vidriera. No más entró lo hizo gritando que falta la chapa en la puerta. Le dije que estaba en la vidriera. Siguió gritando que yo no podía torcer la ley, que la chapa tenía que estar en la puerta y que me daba dos días para ponerla donde corresponde. Me hizo firmar la intimación y se fue. A los dos días vino, comprobó que estaba, me felicitó y se fue.
Quedé asombrada del descubrimiento. La Molinari no seguía adelante con la inspección del petitorio si encontraba una falla. Se quedaba con eso y todo terminaba ahí. Me jugué a que eso era así. Así que decidí comprobarlo. Más o menos para la fecha en la que me tocaba la inspección, empecé a atender sin delantal blanco, con toda la intención de que esta vez fuera el delantal blanco donde se detuviera y no llegara a los cristales que iban disminuyendo alarmantemente. Y así fue.
Desde la calle me vio sin delantal y ya empezó a sacar la intimación. No siguió adelante. Volvió a los dos días, me vio con delantal, me felicitó y se fue hasta el año siguiente. Al año siguiente volví a sacar la chapa de la puerta y la puse en la vidriera. Y al año siguiente la esperé sin delantal. Y así pasaron unos cuantos años mientras ella envejecía hasta que murió.
Me consumí todo el stock de cristales, inútil acopio de material ahora inservible que fue reemplazado por el orgánico, y que de haberse conservado debería ir directamente a la basura.
La Molinari no fue reemplazada. Ni por alguien menos exigente. Nadie después de ella volvió a verificar nada. De hecho Cavallo rompió con la regulación existente, y los anteojos de lectura hoy se venden en los supermercados elegidos por el usuario irresponsable.
La experiencia que adquirí al eludir con sagacidad el acoso de la Molinari me enseñó, para toda la vida, que la irracionalidad no se combate con razones, y que cualquier subterfugio queda moralmente habilitado cuando implica no someterse a la arbitrariedad.

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Los dos bowls de plástico


No se debe comprar dos bowls semiesféricos iguales de plástico. Me refiero a si uno no tiene una cocina espaciosa con muchos armarios para guardar los utensilios con holgura. Si uno debe apilar todo lo que tiene forma semejante, haciendo entrar una pieza dentro de la otra, en una rigurosa sucesión de mayor a menor capacidad, formando una pirámide. Porque si uno tiene esas cocinas enormes, no llega a intimar con esta problemática ínfima de resolver la falta de espacio, donde la limitación enciende el ingenio, y la consecuente satisfacción de haber resuelto una ecuación tan importante como la de Einstein, colocando la energía en relación a la masa por el cuadrado de la velocidad de la luz.
No se debe comprar dos bowls semiesféricos iguales de plástico. El problema se agudiza con el material plástico, porque su relativa elasticidad hace que al estar un bowl dentro del otro, el de abajo se pegue al primero como una sopapa formando el vacío entre ambos. De tal manera que cada vez que queremos usar uno de los dos, nos vemos obligados a despegar semejante adherencia haciendo movimientos infructuosos hasta lograr que se separen.
Durante muchos años viví este problema con dos bellos bowls iguales de plástico que ocupaban espacio en la pirámide y que me resistía a usar por no encontrarme con la frustrante tarea de despegar la unión antipática. Sin embargo, de vez en cuando, me sometía por necesidad.
Un día usé uno de ellos, le coloqué encima un plato de plástico y lo puse a recalentar comida en el microondas. Se sabe que hay que dejar un mínimo espacio cuando se tapa un recipiente en el microondas para que salgan los vapores, pero yo no lo hice. De pronto se escuchó un ruido fuerte. Vi que el bowl se había aboyado, mostrando que dentro se había producido el vacío, dejando la pieza de plástico inútil. Tuve que tirarla.
Así, de un modo Salomónico el azar resolvió el asunto, y ahora uso todo el tiempo el bowl mellizo que quedó solo, que se me entrega sin resistencia, que se pone a mi disposición sin alterar el poco tiempo del que dispongo para cocinar, sin demorarme en padecimientos que simbolizan la aceptación del sacrificio inútil, una psicología digna de ser analizada para parangonarla con otras cosas de la vida en las que hacemos lo mismo, con esa anestesia cultural de víctima que se niega a sí misma el derecho a la percepción de la libertad.
Cada vez que uso ese bowl me viene a la memoria el “finado” y disfruto de su ausencia. Le debe pasar a algunas viudas.


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23 de julio de 2010

EL VUELO DE LA PALOMA

Dedicado a mi hijo y su novia que están por levantar vuelo de los nidos en que nacieron para construir juntos el propio.


Una vez mi hijo que volvía de la escuela, vio que una paloma que iba caminando por la vereda fue atacada por un gato de un zarpazo por la espalda, justo enfrente de la óptica. Cruzó corriendo, echó al gato y se trajo a la paloma hecha un manojo de plumas mezcladas con sangre.

Yo la voy a curar me dijo consternado y puso manos a la obra. Yo pensé que la paloma estaba muerta y que eran ilusiones de mi hijo curarla. Pero lo logró.

Ni me acordaba de la paloma cuando me dijo que ya la sacaba a caminar al patio. ¡A caminar! La paloma caminaba por el patio. Salí para ver. Era cierto, caminaba. De repente pegó un pequeño salto y se posó sobre la ventana del comedor.

Mi hijo estaba al lado mío. El miraba a la paloma enternecido. Yo miraba a mi hijo satisfecha. La paloma estaba limpita, sus plumas en orden, se la veía sana. Mi hijo, mirando a la paloma dijo: tengo miedo de que en cualquier momento se vuele y no la vea nunca más. Y yo le dije así: ¿para qué la curaste? Si la curaste es para que pueda hacer su vida de paloma, no para que parezca una gallina caminando por el patio. Yo que vos, me sentiría contento si se volara.

Eso que dije fue sólo una estrategia de madre. Pensé en el sufrimiento que iba a tener mi hijo cuando la paloma se volara, y traté de que el sufrimiento de la separación, que en el fondo es egoísta, fuera eclipsado por otro altruista de envergadura ética. Un argumento de efecto inmediato, que le resultó más atractivo aún que retener a la paloma. La tomó entre las manos y le dio un pequeño impulso para que llegara hasta un techado no muy alto. La paloma voló hasta el techado, pero después bajó otra vez, y se paró en la ventana. Después bajó al piso del patio y empezó a caminar por los mosaicos.

Mi hijo la volvió a tomar entre las manos y la volvió a impulsar para arriba. La paloma se paró en el techito y de repente levantó vuelo y se fue para arriba surcando el cielo. La felicidad de mi hijo no tenía límite. Se abrazó conmigo, y se metió a la casa a mirar televisión.

De esto me acuerdo siempre. ¿Quién puede olvidarse de una historia como esa?

Cuando mi hijo tenía 18 años lo mandé un año al exterior. No me había separado de él ni sábado ni domingo, salvo tres días de un viaje, en todos los años de su vida. Yo sabía que le iba a hacer muy bien separarse de mí. Y que le iba a hacer muy bien viajar y conocer otro país, y aprender a arreglárselas solo en infinidad de cosas donde siempre estaba la madre.

En una sobremesa de aquellos días sentí que se me hacía un nudo en la garganta, lo extrañaba. Hacía seis meses que no lo veía. Se me cayeron unas lágrimas y me levanté para llevar los platos a la cocina. En el camino hay un espejo. Al pasar me detuve a mirar mi imagen a los ojos. Mi imagen y yo nos miramos fijamente un instante, en profunda introspección. Vino a la memoria el argumento de la paloma, y surgió la pregunta ¿para qué lo criaste?, deberías estar contenta de que puede volar solo.

Ví una mueca de rechazo al argumento reclamando el derecho a decir que cuando un hijo vuela, duele. Entonces se me hizo presente la decisión de mi hijo de dar vuelta la hoja con la historia de la paloma. Hice como él y me fui a mirar televisión.


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19 de marzo de 2009

ME ACOSTÉ CON LA MUJER DE CHICHE GELBLUNG, EN SERIO!!!


Perdonen ustedes por el título de este post, porque el post es más serio de lo que parece por el título.

CÓMO ME CONVERTÍ EN PRODUCTORA DE RADIO (esto podés obviarlo y leer a partir del siguiente título)

El papá de mi hijo falleció en febrero de 1994, antes de la caída de la Amia, que fue en julio. En la caída de la Amia, yo me sentía sola. Tenía a mi hijito, pero no tenía con quien descargar la angustia de lo de la Amia, que sucedió a pocas cuadras de mi casa.

Una clienta me recomendó que escuchara Radio Jai, una radio judía, donde hablaban muchos oyentes necesitados de lo mismo que yo: elaborar la situación. Me recomendó un programa de la noche, que iba de 23 a 3 de la mañana. Lo empecé a escuchar, y a comentar desde el teléfono, y me hice un nombre conocido en la audición: Eva de Once. La conductora me reconocía cada vez que yo salía al aire, y también los oyentes. Me sentí muy contenida por el programa.

Una noche mi hijo se quedó a dormir en casa de un amigo, y me quedé sola. Tuve ganas de conocer el estudio de radio, y escapar al silencio de mi casa, en la que me había quedado sola por primera vez.

Hablé con el operador del programa, que ya me conocía, y le pregunté dónde estaba la radio. Me contestó el nombre de mi calle y un número que distaba dos del mío. ¡La radio estaba edificio por medio de mi casa! Así fue como empecé atendiendo el teléfono y terminé como productora del programa. La poca distancia fue fundamental. Yo gobernaba todo desde mi casa, o me iba a la radio en dos minutos si había necesidad.

En mi caso ser productor era organizar el programa: temas, textos para leer, investigaciones, etc. Se me ocurrió traer invitados, y la verdad es que la agenda de la óptica me sirvió como nunca. Traje al programa a un montón de clientes que honraban mi agenda. Entre ellos al inefable Dr Miguel Iussem, que contestó por calles de Buenos Aires en el programa “Odol Pregunta” y se ganó un millón de pesos. Hicimos una noche memorable, recorriendo la Historia Argentina y universal con el Dr Iussem. Luego salté mi agenda personal y empecé a usar la guía telefónica. Casi dos años duró mi trabajo de cuatro días por semana, hice doscientos setenta programas. Todo terminó abruptamente cuando tuve un accidente de auto en un taxi, el día 5 de diciembre de 1995, en que festejábamos con el público invitado los trecientos programas, de los cuales sólo treinta no habían sido de mi producción: vinieron quinientas personas. El programa siguió sin mí. Luego la vida me deparó otros rumbos.

Cómo me metí en el asunto de la Escuela de Yoga de Buenos Aires


Un día de los que fui productora de radio, ocupó los diarios un escándalo: el caso de la Escuela de Yoga de Buenos Aires. En este escándalo estaban involucrados personajes de la política menemista, que habrían participado de ritos orgiásticos de amor “espiritual” y físico, con los miembros de la comunidad de Yoga, dirigida por el contador XXXX de apellido de judío, que cautivaba a sus integrantes y los convencía del traspaso de sus bienes materiales a la Fundación Escuela de Yoga de Buenos Aires, a cambio de convivir en comunidad.

Al poco tiempo del estallido, entró a la óptica una mujer que repartía un volante defendiendo al dueño de esa Escuela contra la persecución “antisemita” del juez de la causa, y se ve que la estrategia era repartir volantes por el Once, donde influirían en la opinión pública judía. Ya que se trataba de antisemitismo, la radio judía era ideal para el tema, así que les propuse venir al programa. Pero antes, yo quería enterarme bien del problema. Les propuse una reunión donde debían explicarme las cosas con fundamento.

Los cité en una confitería. Acudieron unas cuatro o cinco personas que dieron su versión de los hechos. No me gustó nada el fundamento, era muy confuso, ví que eran unos manipuladores y que me estaba metiendo con una especie de mafia. Les dije que no estaba convencida, que los iba a llamar por teléfono. No les gustó nada la dilación, y me hicieron una especie de apriete, amenazándome hiperbólicamente. Yo me hice la que no entendí la hipérbole. Ya no me acuerdo cómo lograron que me sintiera amenazada, pero disimulé aunque entré en pánico, y cambié de estrategia, pude convencerlos de que iban a tener su programa sin necesidad el apriete. Pero me fui atemorizada. Ellos me iban a obligar a que les diera el espacio. Una radio judía desde donde se acusara a un juez de antisemita, no se lo podían perder..

Presiones

Esa Escuela de Yoga de Buenos estaba denunciada como secta, y un juez le había dado lugar a la demanda, siendo que no había ningún menor involucrado. Los argumentos de la acusación estaban fundados en un concepto inconsistente, el de “lavado de cerebro”. Yo me había dado cuenta de que esta gente era una secta, y que el argumento de “lavado de cerebro” estaba condenado al muere, por lo que el acusado principal iba a terminar siendo liberado de cargos. Pero me preocupaba el manejo que estaban haciendo del argumento de la persecución por antisemitismo. Lo que hice fue llamar a Silletta, el especialista en sectas de la Iglesia Católica.

Tenía el teléfono de Silleta, en un ejemplar de la revista del CAIRP, una asociación de lucha contra las pseudociencias, mancias, técnicas paranormales, homeopatía, astrología, toda la charlatanería que se apropia de la credulidad de la gente, en la que también entra el tema de las sectas. El Cairp también fue objeto de mi interés por mucho tiempo, por eso tenía la revista. Silletta estaba al tanto de todo. Me recorrió el expediente, y por supuesto me pidió mis datos, que no tenía por qué ocultar. Y me mandó a la óptica a las víctimas que hacían la demanda, sin preguntarme si quería recibirlas. Era un matrimonio cuya hija de 18 años había comenzado con un comportamiento extraño y un día había abandonado el hogar llevándose toda su ropa y el televisor de su cuarto, a vivir a la Escuela de Yoga de Buenos Aires.

Me sentí presionada por los dos lados. Por un lado por la mafia de los sectarios conectados con personajes del menemismo, que se ve que los habían abandonado, y por otro lado, por los que me envió Silletta también a presionarme, a convencerme de que no tenía que ayudar al contador de apellido judío, que hacía abuso del recurso de antisemitismo para esconder su delincuencia. Sinceramente fui obligada a tomar parte, y la tomé por el lado de las víctimas. Y me jugué fuerte, sin dejar de tener un miedo bárbaro de la cosa en la que me estaba metiendo.

A DOS PUNTAS

Jugando a dos puntas, a los de la Escuela de Yoga los dejé creer que me habían seducido con sus manipuladoras artes, y no tuvieron ni idea de mi conexión con las víctimas. También los convencí de que la conductora iba a preguntar lo que a ella se le ocurriera, que yo no tenía nada que ver con la producción más que conseguir invitados. Me pidieron que la instruyera. Les dije que se lo iba a decir al productor, pero no les daba garantía de poder influir en él. El productor no existía. Yo estaba a cargo de todo.

A los de Silletta les fui franca con mi apoyo total, les dije que iba a invitar a los monstruos para destruirlos al aire, pero no me creían, e insistieron en estar presentes en el programa como “garantía”. Eso fue más que una presión.

Yo no me animaba a decirles que no. Si no concedía, tal vez ellos esperaran a los monstruos en la calle para evitar que yo hiciera el programa, convencidos de que yo iba a apoyar el argumento del antisemitismo desde una radio judía, y provocar así la caída de la causa por volverse peligrosa para el juez. Y quién sabe qué escándalo se podría haber armado, dado que era muy tarde a la noche, en una calle solitaria del barrio de Once. Los del contador me iban a acusar de prepararles esa celada, dado que sólo yo podría haber revelado la circunstancia, el dato del lugar y la hora del programa. Estaba contra la espada y la pared. Los monstruos no me iban a dejar que no hiciera el programa que esperaban. Y las víctimas no me iban a dejar hacer el programa sin su presencia garantizando mi compromiso.

A todo ésto, instruí a la conductora con argumentos para no ser convencida por los sectarios, y tener a mano preguntas que hicieran moco el argumento antisemita, y hacer que salgan del estudio con la cola entre las piernas. La dejé ignorar toda la presión que yo estaba recibiendo. Ella ignoró, e ignora todavía, que en el estudio estuvieron presentes las dos partes, e ignoró e ignora el riesgo en el que estuvimos las únicas tres personas presentes de la radio en esa noche: ella, el operador y yo. Porque el padre de la víctima que hizo la denuncia, estuvo presente en un box del operador, vidrio de por medio, pero vino armado.

QUÉ PASÓ EN EL PROGRAMA

Se inició el programa. Hice pasar media hora antes al padre de la víctima, y lo escondí en el box. Luego vinieron los de la Escuela de Yoga, y me dijeron que el contador iba a venir “en un rato”. Empezó el programa y la conductora los entrevistó haciéndoles preguntas y dejándolos hablar. Al rato vino el contador. Tocó timbre y yo bajé a abrirle. Cuando subimos en el ascensor, intentó seducirme y hasta largó una mano para acariciarme, que yo me saqué de encima con delicadeza, como si fuera una tonta pudorosa, para que no se diera cuenta de mi repulsa, para que siguiera creyendo en mi colaboración, y que no me adjudicara responsabilidad en lo que le esperaba en el estudio.

Pasó el contador al estudio donde estaban los otros al aire. La entrevista duró dos horas mechadas con llamadas de oyentes y publicidad grabada. La conductora, Marta Rozental, los hizo moco con arte. Deshizo, destrozó el argumento antisemita. Los oyentes empezaron a repudiar al contador, y a acusarlo de abuso del argumento. Yo estaba con el padre de la víctima encerrada en el box, oyendo al monstruo ese acusar a los acusadores de antisemitas, y de repente el padre que estaba conmigo toca debajo de su vientre con la mano y con la cara enrojecida grita “yo lo mato al hijo de puta”. Y yo me tiro encima de él, literalmente, recuerdo haberme tirado contra su panza y clavándole las uñas en la camisa le grito: me vas a tener que matar a mí primero, vas a cumplir con la palabra, está saliendo todo bien, no vas a arruinar todo pelotudo, y el tipo se calmó, y se sentó.

TERMINÓ LA ENTREVISTA

A las dos horas los sectarios tenían todo perdido. Yo los acompañé a la calle. Bajé en el ascensor con dos de ellos. Otros dos, más el contador bajaron en el otro ascensor. Me miraban con cara de disgusto. Pero como yo no tenía nada que ver, no me culpaban. Así me libré de ellos para siempre. No llegaron a ver al padre de la víctima que estaba en la radio. Por suerte.

Subí y saqué al padre de la víctima quien se fue tranquilo. Parece que al otro día las víctimas consideraron que lo que pasó en la radio fue un triunfo para ellos. El contador no pudo prosperar el argumento antisemita. De resultas, las víctimas me ungieron en el elemento periodístico de confianza.

CHICHE GELBLUNG

La semana siguiente Chiche Gelblung hizo un programa con ellos, con todas las víctimas. Exigieron que no se supieran sus nombres ni se vieran sus rostros, que la transmisión no fuera desde el canal sino desde otro lugar, y que yo, Eva Row, estuviera presente. No sé qué le dijeron a Chiche quién era yo. Creo que le dijeron que era su “vocero”, o representante ante los medios. Me pidieron que estuviera presente, que observara que Chiche cumpliera con lo prometido. La verdad es que no entendí para qué me querían, pero obviamente tenían miedo de que Chiche les preparara un encuentro con los sectarios. No lo sé, era todo muy confuso. Pero no me pude negar. Además, para mí lo peor ya había pasado, ahora estaba de costado.

Héte aquí que fui citada antes del programa por algunas de las víctimas en una confitería. Yo no sabía desde dónde iba a ser transmitido. Ellos iban a llevarme al lugar secreto. En ese encuentro me revelaron los comportamientos a los que fueron inducidos, más que nada sexuales, típicamente los de las sectas: todas con todos, y todas con el contador. Y los políticos que venían, debían ser seducidos por alguna de ellas. Conste que había matrimonios. Uno de los matrimonios estaba hablando conmigo. Él lloraba, diciendo que no podía entender cómo había entregado así a su esposa.

Y por supuesto, fueron entregando sus bienes, departamentos, autos, y hasta televisores de quienes no tenían otra cosa, como la hija (de 18 años, mayor de edad)del padre que estuvo conmigo en el box de la radio. El contador había hecho un edificio donde vivían todos. Hasta que el padre aquel se animó a hacer un juicio y dado el escándalo público, las víctimas empezaron a reaccionar y a irse de la Escuela.

Me llevaron caminando pocas cuadras. Estaban enormemente alterados y emocionados por la exposición pública que los esperaba. Llegamos a una casa de altos, antigua, en el Once. Subí la escalera y lo ví a Chiche Gelblung corriendo de acá para allá. Me presentaron a la esposa de Chiche. ¿Dónde estamos? le pregunté a la mujer de Chiche, una belleza rubia y delicada, amable y sencilla que me cayó de lo mejor. Estás en mi casa, me dijo.

¿Ésta es la casa de Chiche Gelblung? Le pregunté azorada. Sí, me dijo, vení conmigo. Me fui con ella al dormitorio. El programa lo transmitía Chiche desde el comedor de su casa, transformado en un estudio con un esfuerzo tremendo. Corrían los técnicos arrastrando los cables. En el mismo dormitorio había cables enchufados. No se podía ni estar parado porque molestábamos. La mujer de Chiche se subió a la cama sin zapatos, se apoyó en la cabecera de la cama, sentada sobre la almohada. Vení, me dijo, sacáte los zapatos y sentate conmigo en la cama. Hice lo mismo que ella, y estuvimos juntas viendo la transmisión y comentando. Las víctimas hablaron a contra luz, no se vieron sus caras.

La mujer de Chiche y yo estábamos conmovidas. Salieron primero las víctimas que no conocí, que no querían mostrarse. Luego me llevaron consigo a cenar los mismos que me trajeron. Saludé a los dueños de casa, agotados por el trámite. Y me fui a cenar con esas víctimas exhaustas, que habían expuesto sus miserias vividas, esperando no volver a verlos nunca más después de esa cena, conmovida por el extremo de manipulación al que puede llegar una persona inteligente que llegó a tener una posición y bienes, y cayó en esas garras. No quise seguir pensando lo que debe ser estar dentro de una historia como esa.
http://www.seprin.com/escuela_de_yoga.htm
http://sectaescueladeyogadebsas.mobile.spaces.live.com/
http://santiago.indymedia.org/news/2007/01/63301.php
http://www.pagina12.com.ar/1999/99-05/99-05-31/pag11.htm


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Pino Solanas, su política buitre y la resolución de Ballesteros

EN QUÉ CONSISTE LA POLÍTICA "BUITRE" DE SOLANAS 9/01/2010
Buitre, porque para conseguir el poder se alía estratégicamente con la derecha como un comensal, y la alienta al proceso de destruir al Gobierno creyendo poder así alzarse con el poder al fin de la destrucción, porque confía en que su discurso más verborrágico e incendiario que el de la misma derecha, va a poder eclipsarlo y finalmente va a poder liderar el último tramo de la destrucción y alzarse con el poder.
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RESUELVO: 1) SOBRESEER DEFINITIVAMENTE en la presente causa N° 14467(expte 7723/98) en la que no existen procesados (art. 434 inc. 2° del Código de Procedimientos en Materia Penal) 2) REMITIR copia de la presente resolución (mediante disco) y poner las actuaciones a disposición de las HONORABLES CAMARAS DE SENADORES Y DIPUTADOS DEL CONGRESO DE LA NACION para su consulta o extracción de copias de las piezas procesales que se indiquen a los efectos que estimen conducentes. TEXTO DEL FALLO Leer comentarios

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