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ADVERTENCIA 2: Soy Eva Lenczner o Eva Row, la misma persona.

21 de enero de 2021

EL ESCRITOR IGNOTO

EL ESCRITOR IGNOTO
 
El hombre del que te voy a contar murió hace poco, durante la cuarentena. Era un tipo especial. Pequeño de estatura supo tener una vida que suplantó la falta de centímetros con algún valor que le dio altura. Empezó en la pobreza del campo y la naturaleza indómita con peligros que aprendió a sortear formándose un físico atlético y musculoso con el que trompeó a un vecino en una reunión de consorcio. Por el peronismo le llegaron los estudios primarios y secundarios y el trabajo y el sindicalismo. El hombre se hizo de un cargo importante en el Estado, no se cual. La cuestión es que estaba jubilado con una suma grande de dinero de acuerdo al cargo importante que tuvo y conservó durante décadas. Yo no sabía nada de él, solo que cuando salí en 6,7,8 me vino a saludar dando a conocer su afiliación política y regocijándose de mi militancia y compromiso. Yo le hacía los anteojos a toda su familia, pero nada más, nunca habíamos hablado más allá de los anteojos.
 
La cuestión es que me contó que estaba escribiendo sus memorias y un día me trajo su libro editado. Lo empecé a leer y no pude creer lo bien escrito que estaba y las maravillosas historias que contaba de su niñez y su adolescencia. Adoré ese libro y lo llené de elogios y le manifesté mi respeto y admiración. Y me quedé asombrada de cómo la obra de una persona puede configurar la imagen de esa persona en nuestra percepción. Hasta antes de leer ese libro, este vecino y cliente era un tipo cualquiera que no se le notaba ningún mérito, insospechado de poder escribir un texto de tan valiosa y bella literatura. Para mí esta experiencia fue un shock. Me quedaba pensando en lo poco que sabemos de una persona cuando la tratamos parcialmente sin conocer sus entrañas anímicas. Y trataba de corregir esa indiferencia con que lo había tratado siempre, haciéndole saber mi admiración. 
 
El me decía que estaba escribiendo la segunda parte y quería que yo le corrigiera el texto. Que lectoras como yo tenía poco y nada. Yo lo consideraba una perla y le decía que no estaba en condiciones de esa tarea, que podía leer y darle mi opinión, que seguro iba a ser puro elogio.
Estaba entusiasmada esperando la segunda parte, que es cuando entra de sindicalista peronista a pelear contra la dictadura.
Me trajo el texto terminado de la segunda parte de su libro. En hojas impresas en computadora por él mismo. Me dejó un grueso manojo en una carpeta y le prometí el comentario con mucho entusiasmo. Sentí que era un privilegio.
 
Pero cuando empecé a leer, me dí cuenta de una triste verdad insoportable. Ese texto no estaba escrito por la misma persona que el anterior. Este texto era una porquería insufrible, algo insoportable de leer sin importar qué estaba contando. Me agarró una indignación total. De pronto se me cayó el ídolo de barro y sentí que había sido víctima de una estafa.
A los pocos días vino el susodicho a ver qué me había parecido la segunda parte. Fui lo más cruel que pude. Lo primero le pregunté quién escribió la primera parte y esta segunda parte seguro que no fue la misma persona sino él mismo. El petiso no se inmutó, ni le dolió, ni se avergonzó, porque le pareció muy natural aceptar que la primera parte pagó para que un "corrector" le escribiera el texto mientras él le contaba las anécdotas de la infancia. Pero como era muy caro y costaba mucha plata pensó que yo podía hacerle de correctora solo cambiando algunas cosas, algunas comas, alguna falta de ortografía, algún defecto gramatical.
 
¿Alguna qué? le grité repitiendo la secuencia de faltas posible. ¡Ese texto hay que escribirlo todo de nuevo y borrar todo lo escrito por usted! Haga un favor, busque a su corrector que es una persona excepcional, un escritor maravilloso que está detrás de su primer libro como el verdadero autor. Búsquelo, páguele, que así debe estarse ganando la vida siendo un artista entrañable. Hágame un favor, no escriba más ni me haga leer a mí nada más de lo que usted escriba. 
 
El petiso agarró la carpeta y riéndose como si nada pasara comenzó a hablarme de sus anteojos. De ahí en más así como se volvió un ser admirado, volvió a ser ese vecino capaz de romperle la cara a otro en una Asamblea de copropietarios. Se murió hace poco sin haberse ofendido. Y me quedó la tristeza de haber conocido a un escritor ignoto a quien admiro sin poder saber quién es.
 
 
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15 de enero de 2009

¡A mí!

Se cae (o tiran) una botella de vidrio de algún balcón frente a mi óptica. Estalla contra los adoquines de la calle y el estruendo indigna a todos. Salen todos a mirar el frente del edificio donde está la óptica, tratando de ver de qué balcón se cayó (o tiraron) esa botella.

No es la primera vez. Una abolló el techo de un auto (modelo viejo pero en buen estado) de un pobre médico que venía a visitar a un paciente de una Obra Social, para cobrar 10 pesos. No se puede saber quién fue.

Hay un tipo en un balcón del piso séptimo. Mira para abajo.

Abajo, estamos todos mirando para arriba y pasa una vecina del edificio. La vecina es negra. Negra africana, pero no es inmigrante, es argentina. ¡Argentina!
La vecina se pone en la tribuna que mira al tipo en el balcón, y grita con la voz de Louis Armstrong: ¡es ese peruano de mierda borracho que tira las botellas!

La reacción de la tribuna fue de descrédito. El grupo se desintegró, cada uno a su cueva, y los transeúntes que se habían detenido, circulando como si nada hubiera pasado.

El vecino del negocio de circuitos integrados al irse, me hizo un gesto levantando las cejas como de asombro. Pero no de asombro democrático, sino de asombro racista. Porque además de levantar las cejas, agregó en el gesto esa inclinación de cabeza como para cabecear la pelota, queriendo decir “mirá quién habla”.

El que leyó mi blog me conoce un poco, imagina que yo no me quedé con la boca callada. Volvamos atrás, todo pasó en segundos. Cuando la vecina de raza negra dice su barbaridad y todos ponen violín en bolsa y el vecino me hace el gesto, al mismo tiempo le digo indignada: ¡qué tiene que ver que sea peruano, pelotuda! Se lo dije en voz baja, por el insulto, porque soy una señora. La vecina negra empezó a especificarme sus razones ideológicas: son todos iguales, arruinaron el barrio, son todos ladrones. La dejé hablando sola. Y me volví a mi óptica.

Al rato baja el peruano, que yo no sabía que era peruano, ni me importa, ni sabía que vivía en el edificio, ni lo había visto en mi vida. Me abre la puerta de la óptica y con voz segura me dice: cuidado que le puedo a hacer una denuncia por discriminación.

¡A mí!

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23 de diciembre de 2008

¿Por qué...? (continuación)

Continuamos la entrada anterior. Los defectos refractivos del ojo no son una enfermedad, ni aparecen por haber usado "mal" los ojos, salvo en pocas excepciones, como el efecto de la diabetes o el glaucoma. Son una cuestión genética. No hay nada que podamos hacer desde afuera para provocar defectos refractivos que están en la genética del ser humano. Es mentira que los ojos se gastan, es un concepto de una vulgaridad atroz, que muchos interesados han contribuído a difundir para amedrentar a la población y obtener beneficios de mercado. Lo único que afecta a los ojos es la radiación de calor excesivo como el fuego del asador o hornos, y algunas ondas que no emite el televisor ni la computadora. No deben mirarse los chispazos de la soldadura sin taparse los ojos con filtro azul.


Una prueba "casera" de la visión, en bùsqueda de defectos refractivos:

Lo primordial es comparar entre los dos ojos la visión a distancia: saber si un ojo ve mejor que el otro y si la diferencia es muy grande. Una diferencia entre los ojos amerita ir al oculista y hacerse anteojos. En algunos casos, es cuestión de usarlos unas horas al dìa, para evitar que uno de los ojos pierda actividad y para asegurar que el ojo de menor efectividad continúe aportando percepción, equilibradamente a la visiòn conjugada de ambos ojos.

Prueba de lejos:

Taparse un ojo con la mano ahuecada, dejándolo abierto. Leer un cartel de publicidad bien lejano, o una señalización de la calle, o el número de enfrente, y comparar con el otro ojo. Buscar letras pequeñas. Si hay una diferencia entre los ojos, hay que ir al oculista. Pedirle a otras personas que lean con los dos ojos abiertos y comparar nuestra vision con la de ellos. Si alguien que ve mejor que nosotros, hay que ir al oculista. El que ve mejor no tiene un "don" especial. El ve bien y nosotros no.

Hay que aprovechar para hacerlo siempre que se viaje en auto o en colectivo con los niños, en el transcurso de todo su crecimiento, y en especial cuando ha habido un cambio de altura del niño. Hay que tomarlo como una diversión, no dramatizar, no amenazar con llevar al oculista al que no vea bien, reprimirse de decir "te voy a llevar al oculista", eso arruinaría para siempre el juego. Si un niño ve mejor que el otro, llevar al otro al oculista, sí o sí, no vincularlo con el juego, hacerlo como una cosa de rutina. Sin dramatizar, por favor.

Prueba de cerca: (también para los niños)

Se pude tomar un prospecto médico y pegarlo en una superficie vertical, o usando la computadora de la siguiente manera: Copiar un texto en el procesador de textos, y colocarle a la letra el tamaño más pequeño que podamos ver con los dos ojos. Acercarse al texto hasta que se vea borroso. Allí tapar un ojo y el otro y comparar. Alejarse hasta que se vea bien, volver a comparar con cada ojo. En cualquier caso si se descubre diferencia entre los ojos, ir al oculista.

La distancia a la que se debería ver bien la letra pequeña es a la altura del codo, extendiendo los brazos a los costados de la computadora, como agarrando la pantalla con las puntas de los dedos, poniendo la cabeza a la distancia de los codos. Si un adulto tiene que alejarse para ver mejor, entonces tiene presbicia si es mayor de cuarenta años, o tiene hipermetropía si es menor. En cualquier caso de éstos dos, hay que ir al oculista.

Los niños, según la edad, pueden ver más cerca que un adulto. Pero si solamente ven bien acercándose demasiado a la pantalla, a unos diez centímetros por ejemplo, y si se alejan ven mal, es seguro que tienen miopía. Si se acercan cinco centímetros y se les pone muy borroso, pueden tener hipermetropía. La hipermetropía es tan importante por sus efectos como la miopía. Los niños hipermétropes ven muy bien de lejos, pero no tan bien de cerca, y algunos muy mal; ellos no se interesan por la lectura porque hacen mucho esfuerzo, son alumnos distraídos con sus tareas y prefieren los juegos al aire libre. Los niños miopes al contrario, rehuyen del aire libre y suelen refugiarse en la lectura.

Los adultos mayores de cuarenta a cuarenta y cinco años, todos tienen presbicia, aunque vean bien de cerca. Porque si ven bien de cerca es porque están compensados por una miopìa que los afecta de lejos. Porcentajes ínfimos de la población pueden ver bien de lejos y de cerca después de los cuarenta y cinco años. Después de los cuarenta todos tienen que ir al oculista cuando no ven bien de cerca.

Las personas mayores (60 para arriba) que empiezan a ver mejor de cerca, están felices, pero eso es signo de que está empezando a crearse una catarata incipiente. Hoy no hay drama con eso. Pero hay que saberlo. La catarata puede no avanzar en una década, pero es raro, a veces avanza rápido. Consultar al oculista, e ir monitoreando el avance de la catarata, por lo menos una vez al año.

Todas las abuelas de antaño bordaban en punto cruz. Eso fue vulgarmente signo de que la abuela veía como un lince. Pero no es cierto. La abuela bordaba en punto cruz, pero no veìa una vaca a un metro de distancia. La abuela tenía unas cataratas impresionantes, y lo ùnico que podía hacer bien, era bordar. ¡Ojo!

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20 de diciembre de 2008

Por qué converso tanto con las personas en la Óptica


Me recibí en el 69. El año que viene cumplo 40 años de profesión. Aclaro que lo mío para muchos es un mero comercio, pero yo lo consideré de entrada como profesión, y así lo ejerzo.

En cuatro décadas conocí miles de personas. Serán muchas más que una por día, tal vez el promedio sea 4 o 5. Pero me refiero a conocer, a conocer un poco más profundamente. Digamos que 2 por semana.

Sí, porque en mi óptica nos ponemos a conversar con la persona, me interesa su vida, porque yo le resuelvo un problema a una persona, no a un par de ojos. Los que no son clientes de mi óptica dirán ¿cómo un óptico puede resolverle un problema a una persona? Dirán: la receta la hace el médico, yo me elijo el armazón que me gusta. ¿Qué hace el òptico? Cumple con la orden de la receta. Entonces ¿cómo puede decir Eva que le resuelve un problema a una persona.

Si alguno de mis clientes estuviera leyendo esta entrada, seguramente daría fe de lo que voy a explicar. Todo empezó cuando el país se hizo pomada y entró el gran capital a la Medicina a subvertir el orden de las cosas como eran antes de ahora. Hace mucho tiempo.

Cuando yo me recibí, los oculistas atendían en su mayoría en sus consultorios. Las personas no tenían Medicina Prepaga. O iban a los hospitales públicos, o pagaban una consulta particular. Las personas eran pacientes de tal determinado Oculista. Los Oculistas atendían a los pacientes casi una hora por persona. Las consultas nunca fueron baratas, pero tampoco nada imposible. La gente consideraba justo el valor de lo que se llamaba “el honorario”, por los servicios que el profesional le brindaba. Todavía quedan pacientes unidos a esa relación con sus oculistas particulares. Muchos siguen la relación, a pesar de tener Medicina Prepaga. Pero se trata de Oculistas de más de 60 años, y de pacientes de esa edad o más.

Las generaciones más jóvenes no lograron establecer un vínculo con un Oculista, salvo pocas excepciones de personas con problemas muy serios. Los especialistas van rotando de Obra Social, dejan de pertenecer a la cartilla, o incluso habiendo continuado en la cartilla, el poco tiempo del que disponen para la consulta, la poca paga que se les hace, no los deja dedicarse al paciente como era antes, ni fundar una relación donde el médico se acuerda del nombre del paciente cuando lo vuelve a ver. Quince minutos por persona, a toda velocidad, y que pase el que sigue.

Un día, hace mucho tiempo, cuando irrumpieron los Sanatorios con Medicina Prepaga, las recetas de muchos oculistas empezaron a ser deficientes. Los anteojos no salían bien. La gente no estaba conforme, tenía otra expectativa del resultado y se decepcionaba. La fórmula de muchos colegas era responder “se tiene que acostumbrar”. A mí eso no me conformó. Pero me sentía impotente. ¿Qué hacer?

Lo peor era cuando la receta estaba francamente equivocada, cuando la persona decía: ¡ah no, yo no veo nada con ésto! Entonces venía mi drama. No querían pagar el anteojo, porque obviamente estaba mal. Pero yo no tenía la culpa, había cumplido fielmente con la receta. Llevarse el anteojo sin pagar para ir al Oculista a que diga quién tuvo la culpa, yo no lo podía permitir, por demasiadas razones. El Oculista, si se daba cuenta de que había cometido un error, no lo reconocía nunca. Decía que los anteojos están mal hechos, que estaban mal “centrados”. Y con eso, CON ESO, habían encontrado el modo de zafar. El centrado no es la graduación. Estaban diciendo que la graduación estaba bien, pero que otra cosa, algo que el paciente no entendía, que parecìa gravísimo que se llamaba “el centrado”, estaba mal. El paciente volvía a la óptica diciendo lo que decía el médico. Pero el óptico decía que “el centrado” estaba bien. Entonces el paciente se retiraba y no volvía nunca más al médico aquel NI AL ÓPTICO. Abandonaba a los dos.

Me pasó con buenos clientes, con gente que había confiado en mí, y que ahora me abandonaba, en la injusticia más absoluta, y ante mis ojos se iba abriendo el panorama de una situación ingobernable, que no podía continuar.

Yo debía involucrarme en la receta oftálmica. Yo debía poder encontrar DÓNDE ESTABA EL ERROR DE UN OCULISTA, cuando eso sucedía. Pero no me habìan enseñado refracción, estaba prohibido para los ópticos involucrarse en la refracción, era exclusividad del Oculista.

Si lograba identificar el error de un oculista, iba a tener un as en mi mano. Cuando el cliente dijera que no veía bien con los anteojos, con el error identificado por mí, el Oculista iba a estar entre la espada y la pared, debía reconocer el error y arreglarse con el problema que se le armaba con el paciente.

La cuestión era que yo quedara a salvo de semejante injusticia, que yo no perdiera un cliente inmerecidamente, y también salvar al cliente de una maquinación deleznable. La plata perdida no era mi problema, yo era capaz de pagar nuevos cristales con tal de salvarme de una mentira.

Entonces me compré una Caja de Pruebas, que es una caja con una serie de cristales de graduaciones de todo tipo, que el Oculista usa para hacer la refracción. Y comencé a comprar libros sobre refracción, y a estudiar. Y no quedaba nunca satisfecha con lo que leía. Profesores de Universidades de EEUU, nombres famosos, y no estaba satisfecha. Estoy segura de que los grandes profesores guardan para sí los secretos de la refracción. Que es algo muy refinado, como una técnica cualquiera que hasta para hacer un huevo frito lleva el color de su dueño.

Lo que explican no alcanza, es insuficiente. Hablan también de la “destreza que se adquiere con el tiempo”, en fin. Uno compra libros para ahorrar tiempo, no para que le digan que bueno, con el tiempo va a aprender.

Asì que me puse a pensar la problemàtica por mi cuenta, y a resolver por mí misma, los problemas que se presentaban en develar los defectos refractivos del ojo. No se olviden que yo estudié Ciencia y Método Cientìfico en la Facultad de Ciencias Exactas, y mi adiestramiento mental en orden al método científico no se perdió nunca.

Yo quería un método. Para mí las cosas serias requieren de método, no acepto las improvisaciones ni las intuiciones. Necesitaba elaborar un método preciso y riguroso. Y lo logré. Llevó su tiempo, pero lo logré. Llevó el tiempo necesario, el tiempo que exige cualquier investigación. Su propio tiempo. Dos años pasaron de intensas experiencias y conclusiones.

Cuando me convencí de que debìa hacerlo sola, comencé a seguir un plan de investigación. Las problemáticas tienen un orden de dificultad. De acuerdo al orden de dificultad establecí un orden de resolución. Fui encandenando una serie de pasos que avanzaban desde la menor dificultad hacia la mayor. Siempre acotando la problemàtica, hasta alcanzar el punto óptimo, inmejorable, de cada paso, antes de pasar al siguiente.

Yo sabía que además de por mí, era por el bien de la gente. Así que, cada persona que traía una receta, recibía el convite de mi parte, a comprobar si la receta era correcta o si tenìa algún error. Cuando tenía sentado al paciente frente a los optotipos de la pared, antes de comprobar la receta del mèdico, implementaba mi técnica en desarrollo, a ver si yo llegaba por las mías al mismo resultado que el Oculista.

Los primeros tiempos no tenía el dominio total de la cosa. No llegaba a la revelación óptima del defecto refractivo, sabìa que me faltaba avanzar. Pero estaba en el camino correcto. Iba comprobando que los primeros pasos estaban bien implementados, pero para lo que yo quería faltaba método que elaborar. Yo quería un mètodo que me llevara a conseguir la visión perfecta o la mejor visión posible de una persona, a una refracción perfecta, de un modo indudable, por un método científico.

Ya podía detectar el defecto del oculista y podía corregirlo, pero no podía mejorarlo, no podía seguir adelante, no podìa saber si la persona podìa llegar a ver mejor todavía. Y yo sabìa que eso era lo que habìa que conseguir. Que no conseguir la mejor visión posible de una persona, era un absoluta inmoralidad.

Para ese entonces encontrar los defectos de una receta ya fue un gran triunfo. Decirle al paciente que la receta tenía un error, antes de hacer el anteojo, me salvó de enormes disgustos. Y me trajo muchos nuevos clientes. El paciente, asombrado de la situación, en esas ocasiones, solía y (suele) decir ¿entonces para qué fui al Oculista?

¿Por qué es una inmoralidad no conseguir la visión perfecta o en su defecto, la mejor visión posible de una persona? La respuesta a esta pregunta abre un panorama fenomenal de la influencia de la visión en la vida del ser humano, pone sobre la mesa un enorme espectro de consecuencias anímicas, psíquicas y también físicas.

Dejar a mitad de camino la calidad visual de una persona es imperdonable, por cosas que explicaré en detalle más adelante, por ahora digo que es de la mayor impunidad, ya que no existe oficialmente un rango que califique el punto óptimo de una refracción. No existe una prueba que demuestre que el refraccionista consiguió lo mejor de la refracción y que nada mejor es posible. No existe porque a nadie le importa calificarse a sí mismo. Nadie está interesado en ponerse un yugo al cuello. Por eso no existe. Se prefiere el libre albedrío, que salga como se pueda, sin saber si pudo ser mejor. El refraccionista abandona según sea la ocasión. Nada lo obliga a seguir más adelante. Se para cuando quiere, cuando está cansado, cuando no sabe más. Cuando su conciencia le dice que ya es suficiente.

Dejar a mitad de camino la calidad visual de una persona es imperdonable, porque lo que se hace de ese modo es limitarla, limitar la calidad de su trabajo, limitar la calidad de una percepción que puede ser fundamental para un científico, para un artista, que puede ser la causa de haber perdido el empleo, de ser ineficiente, de no prestar atención, de no conseguir concentración en una tarea, de dormirse leyendo, de creer que se ha perdido el interés por la lectura, por el cine, de estar deprimido, de ser pesimista, de tener una contractura muscular, de tener acidez estomacal, ùlcera, pánico, paranoia, autismo, obsesión, neurosis, dispersión, autodesvalorización, etc.

El hecho más insólito con el que me encontré estudiando la situación, es con la fuerza opositora del propio paciente. El y su subjetividad empañan el panorama. Todos creen que saben si ven bien o mal. Todos creen que su propia calificación es la justa. Éste es un hecho tan lamentable, y tan clarificador hasta visto desde el punto filosòfico, que así como hizo Freud cuando descubrió el fenómeno de la transferencia, así yo lo integré a mi lucha contra el paciente cuando es su peor enemigo creyendo que sabe lo que dice. Cuando un paciente dice que no ve bien con el anteojo, a veces falla el oculista, pero a veces sobran las expectativas, y otras veces, el paciente cree que ve bien cuando ve mal. Hay algunos que no ven nada y dicen que ven bien. Otros que ven bien, y dicen que no ven nada. Y en general, todo el mundo que cree que ve bien, no se da cuenta que no tiene con qué comparar. Profundizaré en ésta temática.

Los casos que yo he visto en mi vida limitados innecesariamente por falta de precisión en la refracción, o por subjetividad errada de la persona, han sido algunas veces de terror. Imagínense ustedes un neurocirujano, que tenía la corrección sin los astigmatismos, algo que le bajaba la visión de 10 décimas a 7, y que condenaba toda su visión a una imagen enfocada pero algo difusa en cierto ángulo. Cuando yo le descubrí la faltante y alcanzó las 10 décimas, lo primero que hizo fue decir lo siguiente: ¿Y yo operé así toda la vida?

Otro caso que me conmovió fue el de un violinista clásico, el concertino de un orquesta importante, que había perdido su concentración emocional para la ejecución dedicado a la concentración para el enfoque. Pero él no se habìa dado cuenta que tenía este problema. El creia sinceramente que habìa empezado a fallar como ejecutante.

Desde que le conseguí el enfoque perfecto, empezó a relajarse y poder integrarse a la orquesta. Me contó que el Director le llamaba la atención sobre su interpretación, que lo humillaba frente a los demás, preguntándole ¿en què mundo está flotando?, si está sordo, que no podía ser el concertino estando sordo. Tenía problemas de visión y parecìa sordo. He aquí la punta del hilo de la madeja. Nadie se daba cuenta de que no veía, ni siquiera él mismo.


La visión es algo tan extraordinario, algo que tiene que ver con toda la persona, algo que la puede modificar profundamente, que puede determinar su carácter, sobre todo en la infancia, cuanto menor se es, así como cuanto mayor es el problema, mayor es la influencia de la vista en toda la vida de una persona.

El caso más extraordinario de todos, el màs conmovedor, es el de una nena de 7 años, diagnosticada de autismo, condenada a ser autista aunque no lo era, sólo porque nadie se habìa dado cuenta de que era miope, ni siquiera el oculista. Y yo lo descubrí. Tengo ese orgullo, tengo esa medalla que nadie me entregó, pero que la tengo guardada como el mayor de los trofeos. Le cambiè el destino a una nena, le hice un torniquete a la impunidad del oculista. Y de paso les cuento: el papá de la nena le rompió la cara. Prometo hacer un post con “El caso de la nena que no era autista”, no lo van a poder creer.

Bueno, todo esto vino para explicarles por qué yo converso tanto en mi óptica.

De las primeras conversaciones, a veces sale alguna conversación aledaña, sobre polìtica, sobre arte, sobre lo que sea que haya surgido aparte del tema de los anteojos. Esas conversaciones aledañas, junto con la original, me hacen conocer muchas historias. La gente cuenta cosas. La gente necesita hablar. Que la escuchen. Y a mí también me gusta hablar, y si encuentro una persona con la que hay comunicación, hablamos, y a veces fundamos una relación que perdura en el tiempo, que genera una lealtad del cliente hacia mí, y una corriente de simpatía mutua. Y cariño, mucho cariño, mucha felicidad de volver a vernos, cada vez que necesitan cambiar los anteojos.

Esos clientes, con los que converso además de lo que me interesa como óptica, de otras cosas, son clinetes especiales. Llegan y me paro para darles un beso y un abrazo sentidos, y siento que me quieren y yo los quiero.
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Cuando el Embajador de la Unión Soviética Oleg Kavasov dejó su puesto, se vino a despedir de mí, con su Mercedes Benz negro, con su chofer armado, con un champán y un caviar soviético, y yo le regalé un libro que fundó la sociedad norteamericana en su caracter manipulatorio de las personas en la venta de mercado: "Como ganar amigos e influir sobre las personas" de Dale Carnegie. Nos dimos un abrazo. Me mandó decir que no sabía si reir o llorar, leyendo ese libro en el avión. Entendí lo que quería decir, era un hombre muy inteligente.
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Cuando tiraron la Amia, la Unión Soviètica ya no estaba. La Secretaria de la Embajada, que estaba en Moscú, a través de una amiga escritora de La Plata, me envió una carta solidarizándose conmigo. Yo no podía creer que una persona se habìa molestado en mandar una carta de condolencias y solidaridad para mí por la Amia, desde Rusia a La Plata, y hacer venir de La Plata a una escritoria amiga , a la Capital por mí. La escritora me tradujo del ruso, porque dijo que le pidió su amiga Elena que lo haga, porque en castellano no iba a poder expresar las palabras indicadas para esa trágica situación.
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El arquitecto Dominguez, diseñador de algo así como el Ministerio de Obras Públicas, me mandó una postal de Punta del Este, una acuarela pintada a mano por él mismo del paisaje que veía desde su casa. Yo tenía 30 años y él 89. El viejo encantador, me acuerdo que tenía una miopía descomunal, pero tan optimista, sarmientista, positivista, que decía que él veía bien también sin anteojos. En la postal me escribió: A la de los lindos ojos, que hace que vean bien los ojos de los demás. Arquitecto Domínguez.

Lo curioso es que ahora este blog también se ha convertido en un medio de relación con mis clientes especiales. Hoy vinieron Benjamín y Liliana a retirar los anteojos de Liliana. Son una pareja que atiendo hace años, son dos personas con las que conversamos de otros temas . Benjamín leyó los Cuentos de la Óptica y tiene su preferido.
Benjamín y Liliana me tienen confianza. La confianza que me profesan mis clientes es el mejor de los halagos. Le metí una cuña a la degradación general de mi rubro, y creo que eso me permitió sostenerme en el tiempo. Les ofrezco a ellos un producto insólito, el amor intenso por la óptica. La óptica fue también el amor de Baruj Spinoza.
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20 de febrero de 2008

Fe y fatalidad





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Tenía una clienta de algo más de setenta años, con una artrosis en la pierna que la hacía necesitar un bastón para caminar. Ella era alta y pesada, una mole. Hablaba sin parar. Y encima era bastante sorda, y era como son los sordos, que hablan sin parar porque no esperan oir lo que se les contesta. El bastón que llevaba era de color ciruela, larguísimo y gruesísimo, para soportar a la dueña. Siempre contaba cosas de una nieta que bailaba danzas clásicas en el cuerpo de baile infantil del Colón. Que había bailado en tal función, que se había comprado tal pollera de tul, y tales zapatillas, y dale y dale con la nieta, año tras año, contando detalles insportables hasta que mis oídos reventaban. Claro que entre cuento y cuento encargaba un anteojo recetado. Forzosamente yo le contestaba alguna cosa, a lo que ella contestaba ¿qué dijo?. Y yo le repetía lo que dije, y ella seguía y seguía su cuento. Una vez vino a hacerse un cambio de cristales en el acto.

Las personas que no podían quedarse sin los anteojos, esperaban en la zona de antención al público mientras yo iba a atrás, a mi pequeño taller, a sacar los cristales viejos, a cortar los cristales nuevos, a biselarlos en la moladora, y a encastrarlos en los marcos. Trataba por todos los medios de no tener que hacerlo, porque la tarea es mejor hacerla en soledad y tranquilidad. Pero no podía evitarlo si el caso lo requería. Este era el caso.

La señora gigantesca hablaba sin parar, sentada en la parte de adelante, mientras yo trataba de concentrarme en mi tarea, al mismo tiempo que tenía oir su cuento y responder a su pregunta ¿me está escuchando? Y yo tenía que gritar ¡sí, la estoy escuchando! Ella volvía a preguntar si la estoy escuchando, y yo volvía a gritar más fuerte, entonces ella continuaba el cuento de la nieta.

Temía que los nervios me hicieran romper los cristales, esa era mi mayor preocupación. En medio de la tensión terminé de biselar, coloqué el par de cristales nuevitos en la mesa del taller, encendí el calefactor para dilatar los armazones, y en ese momento la sorda me grita otra vez ¿me escucha? Mientras se calentaban los marcos, me fui un segundo adelante para que me viera la boca diciéndole que sí, que la escucho. Volví atrás, ella siguió con el cuento y yo coloqué los cristales y respiré.

Fui para adelante, ella se calzó los anteojos y siguió hablando sin decir si veía bien o mal con la nueva receta. Yo estaba estufada y tenía ganas de hacerla callar con algún argumento. Estaba hablando de Dios y de cómo ella cree en Dios y cómo Dios la escucha y guía a su nieta al éxito. Aproveché para decirle que yo no creía en Dios, y ella hizo un silencio, yo respiré y sentí que poseía un arma fatal contra esta mujer, como si hubiera encontrado una cruz de madera que mostrar a un vampiro. La señora me pagó, silenciosa, y se despidió.

Al día siguiente, la vecina del kiosco me interpela en el camino antes de llegar a abrir mi negocio, y me cuenta: ¿Sabés lo que pasó recién? Estuvo una mujer muy alta con un bastón y empezó a golpear el bastón contra la cortina de la óptica, y a gritar que vos eras una estafadora, que le habías cobrado por poner cristales nuevos y le volviste a poner los viejos que estaban todos rayados, que sólo una persona que no creía en Dios podía hacer algo tan repugnante, y gritaba y golpeaba con el bastón hasta que se cansó y se fue.

Yo trataba de entender qué pasó. Lo primero que pensé es que la vieja enloqueció del todo. Cuando fui para atrás al taller, ví el par de cristales que le saqué a los anteojos de la sorda que habían quedado sobre la mesa, y me dí cuenta de que en el atolladero, me había olvidado de devolverlos. Si se los hubiera devuelto, la vieja no hubiera dudado. ¡Qué suerte! dije para mí, acá tengo la prueba de que se los cambié.

Iba a llevárselos a su casa para que viera que eran los que le saqué, pero cuando los miré bien, vi que eran los nuevos que corté. Los nervios me habían traicionado y le había puesto de vuelta los viejos en lugar de los nuevos. Me pasó por ir para adelante a que me mire la boca. Estoy segura de que si yo no le hubiera dicho que no creía en Dios, ella no hubiera armado tal escándalo, y hubiera venido a aclarar la situación. Pero decidió enfrentar al demonio.

Fui hasta la casa con los cristales nuevos cortados para que entendiera la equivocación. Luché para que me dejara entrar y poder mostrarle la evidencia de "mi buena fe" y del error. Se lo expliqué y lo entendió. Pero se negó a darme de nuevo los anteojos, me dijo que no confiaba más en mí, que no podía confiar en alguien que no creía en Dios. Le dejé el dinero que pagó, y me fui. De alguna manera contenta, porque me la saqué de encima para siempre.

Eva Row

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El embajador y su traductor


Mi óptica funciona en el Once. Es un barrio de comercio mayorista de ropa. Las avenidas están atestadas de gente. Las calles aledañas están repletas de autos estacionados. Si un auto lujoso consigue lugar sale la chusma a investigar quién es el dueño. Los vendedores ambulantes encaran sin tapujos a cualquiera que pasa. Transitan mendigos y borrachos entreverados con inmigrantes de los países limítrofes arrastrando carretillas cargadas de paquetes con mercaderías. Es común que se produzcan grescas o tumultos por algún robo. La corrida policíaca alerta al barrio entero y provoca la salida masiva de los curiosos a la calle. No es el barrio que elegiría un diplomático para hacer sus compras.

Hubo una vez un auto diplomático que llegó a mi óptica. A mí no me preocupa quién es el dueño de un auto lujoso. Nunca me paro en la puerta de mi negocio como si ésta fuera un mirador por donde escrutar a los que pasan. Es un signo de no tener nada que hacer. Sobre todo porque yo siempre tengo algo que hacer. Pero una vez hice una excepción. Era una tarde de invierno de 1976 en la que hacía mucho frío. Un sol radiante se derramaba en la vereda alcanzando la puerta de entrada al local. No pude resistir la tentación de estar al aire libre bajo ese sol unos minutos, así que me paré reclinada sobre el marco de la puerta, observando lo único que acontecía: autos que pasaban.

Mi óptica está a metros de la esquina en un cruce concurrido. Los autos disminuyen la velocidad para atravesarlo ejerciendo algún extraño magnetismo sobre la mirada de los transeúntes.
En la posición de cualquier chusma de barrio, escudriñaba yo dentro de los autos para observar cómo lucía el conductor de los modelos más caros. El ocio siempre es denigrante.
Un auto de modelo absolutamente inusual para el barrio, un Mercedes Benz color crema amarillento, detuvo su marcha por el cruce, justo frente a mi mirada. El conductor me miró, y comenzó a buscar algo en la guantera. Luego estacionó el auto contra el cordón de la vereda. Se bajó y se encaminó a mi óptica.

Se dirigió a mí en otro idioma. Apenas pudo decir dos o tres palabras en castellano que no coordinaban en ningún sentido, mezcladas con otras muchas en ruso. Lo que me dijo me resultó incomprensible. Dijo “anteojos”, yo le dije que sí. Le hablé en inglés, le hablé en francés, le hablé en italiano. Pero no hubo posibilidad alguna de comunicarse. Se dio por vencido y se fue diciendo “yo volver”. El hombre era rubio y alto. Lucía un traje elegante y nuevo. Se fue, pero a los pocos días volvió.

Volvió trayendo un séquito. Bajó del Mercedes Benz un hombre mayor rodeado de cuatro o cinco más. El hombre mayor me fue presentado por un traductor como el embajador de la Unión Soviética. El traductor era muy eficiente, servicial y amable con el embajador, en actitud de súbdito.

Conversé con el embajador a través del traductor, y me encargó sus anteojos. Estaba muy satisfecho. Se lo veía agradecido por la atención que le había dado. Al venir a retirar su anteojo me comunicó su satisfacción y que mi óptica había sido elegida como proveedor oficial para los diplomáticos de su embajada. Se fueron y no volví a ver nunca más a ese embajador viejito.

Al poco tiempo llegó otro Mercedes Benz que revolucionó el barrio. Entró a la óptica el individuo que vino la primera vez, el que hablaba ruso sin poder hacerse entender, pero no vino solo, sino acompañado por otro que hablaba castellano fluido. Imaginé que este personaje sería un diplomático y que se había traído un traductor.

El traductor se comportaba igual que el anterior que conocí, solícito, amable, traduciendo todo lo que decía el comprador, esmerándose por no dejar ni el mínimo detalle fuera de traducción. Le hacía preguntas en ruso que el otro le respondía, y cuando daba por entendida la cosa me traducía la pavada más insignificante.

Con la estúpida afectación burguesa que caracteriza a los de mi clase, queriendo establecer categorías humanas, yo me dirigía solemnemente al que creía diplomático, y conversaba más livianamente con el traductor en castellano. Este resultaba franco y dicharachero conmigo, alegre y chistoso.

Para saber si había sido verdad eso de figurar entre los proveedores oficiales de la embajada, le pregunté al traductor cómo habían llegado ellos hasta mi óptica. Me contestó “no sé, él me trajo”.
Como el hombre que elegía dudaba en decidirse, temiendo ya que se retirara sin comprar, le dije al traductor “dígale que soy proveedor oficial de la embajada, que yo le hago los anteojos al embajador”. “¿Ah, sí? “ me replicó pícaramente el traductor, “por el momento no es verdad”.

Yo me lo quedé mirando desahuciada por la vida. “Porque el embajador soy yo”, agregó disfrutando del equívoco. Apiadándose de mi estupor y sin dejar de reírse, me explicó que había habido un recambio y que él, Oleg Kvasov, había sido designado nuevo embajador de la Unión Soviética, y que el viejito no volvería más. Entonces, ¿quién sería ese personaje al que el mismo embajador de la Unión Soviética servía de solícito traductor con la actitud de súbdito?¿Sería acaso el Premier del Kremlin?

“Dígame por favor”, le dije a su excelencia Oleg Kvasov en el tono de complicidad y confianza que ya habíamos establecido entre nosotros, ¿quién es el señor que lo acompaña, es alguien muy importante? “Bueno,......... es mi chofer” me contestó alzando las cejas, sorprendido.

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14 de febrero de 2008

Partir el vidrio



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Optica Foto Suárez, era en realidad una antigua casa de fotografía de Martinez, que había adosado la sección "Óptica". Allí se revelaban fotos, se vendían rollos y cámaras fotográficas, y se sacaban fotos-carnet en una sala interior que llamaban el "estudio fotográfico". Más adentro había un laboratorio fotográfico para el revelado en blanco y negro. En ese lugar nadie era óptico, sólo yo, recién recibida y sin experiencia. La sección óptica estaba a mi cargo, yo era la "directora técnica".

Hice bien mi trabajo. Produje buenas ventas, y en seguida comencé a calibrar los anteojos, a mano, como se hacía entonces y hasta casi la década del noventa, en que aparecieron las calibradoras automáticas, que son computadoras que realizan el corte, rebaje y bisel de la lente de acuerdo a un molde.

Atendía al público, cortaba cristales en una máquina de cortar vidrio, y los biselaba en una moladora de piedra de carborundum, alimentada con agua por una bomba que la hacía circular mojando la piedra. Luego los colocaba en el armazón dilatándolo con calor.

La máquina de cortar vidrio, un verdadero progreso de la época, superador de la primitiva herramienta llamada"widia", no hacía menos manual a la técnica. Era algo así como la máquina de coser a pedal en relación a la costura a mano con aguja y dedal. Un gran progreso una en relación a la otra, pero una técnica manual las dos.

La máquina de cortar vidrio cambiaba apenas un poco la tensión psíquica que provocaba el trabajo de calibrado de anteojos.

Cuando pienso hoy en lo primitivo del método, no puedo creer que sea yo misma la que vivió tanto cambio en la técnica de calibrado. Si yo tuviera que emprender hoy el calibrado de anteojos con esos elementos primitivos, me sentiría absolutamente desesperada. Me negaría, desde todo punto de vista, a emprender una tarea tan ingente.

Pensar que cuando fui a tomar mi trabajo, iba dispuesta a hacerlo. Me causa escozor saber hasta a qué punto me había entregado al destino que yo no había elegido. Me causa temblor saber hoy, que sabiendo entonces lo que me esperaba, tuviera tal grado de resignación.

La tarea era muy desgastante, muy estresante, el riesgo de romper un vidrio era muy grande. No me daba cuenta entonces, de que la cosa era un poco diferente cuando el cortador era el propietario de la óptica. La ganancia que tenía el dueño de la óptica triplicaba el valor del cristal. Ese alto porcentaje de ganancia se debía justamente, a la alta probabilidad de perder la pieza, no una vez, sino también dos.

Pero yo era una empleada, y no se me había dicho que podía romper tranquila hasta dos veces el mismo vidrio. Para mí, cada vidrio que cortaba era un salto al precipicio, una ruleta rusa. Siempre me corrió un escalofrío en la espalda, en el momento de separar el cristal del excedente. Tanta responsabilidad hizo que prácticamente no se me rompiera nunca ningún vidrio. Si me hubiera relajado, se me habrían roto. Es imposible cortar vidrio sin ponerse en tensión.

Aunque no era sólo la pérdida de ganancia mi preocupación, sino la dificultad de retrasar el trabajo prometido, causando un conflicto con el cliente. Muchas veces las lentes tardaban varios días en confeccionarse. Romperse una lente significaba tal vez una semana más de espera, y un cliente desesperado y enojado. La perspectiva de la rotura de un vidrio en el proceso de calibrado, fue siempre demasiado insoportable para mí. Así que procuré que no sucediera, y eso fue a costa de soportar siempre la tensión.

Además, durante toda mi vida necesité silencio total alrrededor mío en el momento de partir el vidrio. Supongo que es como cuando un jugador está por patear un penal. Supongo que está tenso, que necesita concentración, y silencio. Yo podía estar conversando alegremente mientras trabajaba, pero menos cuando debía cortar el vidrio. Mi repentino pedido de silencio, hacía sorprender a cualquier interlocutor que tuviera en ese momento a mi lado.

Tuve siempre la sensación de que nadie entendía por qué yo pedía silencio tan de repente, y en forma terminante. El grado de sorpresa que manifestó siempre cualquier interlocutor en ese momento, revelaba que yo transmitía intempestivamente un insólito estado de conmoción.

La tensión que me acompañó decenas de miles de veces, tantas como cristales corté en treinta años de trabajo, fue un valor agregado a la resignación. Después de alguna jornada de trabajo dura y estresante, me solía venir a la mente como una ironía la frase de mi madre: ¡Qué linda profesión para una mujer!

Todo este cuento sobre mi sufrimiento no tendría sentido si no fuera destinado a señalar el afecto que fui construyendo en medio del dolor. Al paso del resentimiento, caminaba la ciencia óptica oftálmica dejándose conocer y degustar, abarcar y poseer. Fui conociendo de la óptica cosas asombrosas, cosas que se toparon conmigo en el camino. Como la estrecha relación de los defectos refractivos con el carácter de la persona. Como el curioso comportamiento del ojo, en su capacidad adaptativa. Como la imposibilidad de ser objetivo en la calificación de la propia vista.
Eva Row

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12 de febrero de 2008

El hombre del podrido tornillo






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Voy caminando sin mucho apuro para abrir mi óptica. Desde lejos veo que alguien que no conozco está frente a la puerta. El hombre consulta el reloj en su muñeca. Cruza los brazos sobre el pecho. Levanta la cabeza hacia el cielo. Baja luego la cabeza y mira sus zapatos. Descruza los brazos y mete las manos en los bolsillos. Termina la secuencia espasmódica descansando su esqueleto sobre un auto estacionado, mirando la puerta cerrada de la óptica. Vuelve a mirar el reloj.

Es obvio que tiene algún problema con un anteojo que no se hizo en mi óptica. Tampoco viene a hacerse un anteojo nuevo. Está sin saco, con la corbata aflojada, es alguien que dejó el trabajo y quiere volver rápido. Sólo puede estar esperando que le pongan un tornillo. Voy rumiando disgustada.

Apuesto a que se le perdió un tornillo y en el bolsillo tiene el anteojo con la patilla suelta. Imagino el escenario previo: al tomar el anteojo se quedó con una patilla en la mano. Trató de usarlo con una patilla sola, pero se le inclinaba y veía doble. Quiso arreglarlo con un pegamento, pero embadurnó el vidrio. Quiso limpiar de pegamento el vidrio, pero lo expulsó del marco. El vidrio cayó al suelo y se astilló en el borde. Sin anteojos no puede hacer nada, con todo el trabajo que tiene.

“¿Dónde hay una óptica por acá?” Preguntó a cualquiera. “A dos cuadras para allá” le dijo alguno. Se vino corriendo y encontró el negocio cerrado. Preguntó en el local de al lado. Le dijeron “espérela, ya está llegando”.

Yo sigo caminado, sin apuro. Al tipo no lo conozco, pero sé todo lo que le pasa. Me lo sé de memoria. Casi todos los días de mi vida me está esperando un tipo que no conozco que perdió un podrido tornillo. Apuesto a que antes de que abran todas las ópticas del mundo, hay siempre un tipo desconocido esperando ansioso en la puerta, con el único objeto de que le pongan un podrido tornillo.

“Nada más para poner un tornillo”, ya sé, me va a decir el hombre cuando yo llegue a la puerta, sonriente, genuflexo, como si hubiera visto llegar a la Virgen María. Pero acto seguido va a agregar una frasecita que me hace a mí tan prescindible en su vida como para los ateos la Virgen María. “Si yo tuviera un tornillo y un destornillador, me lo hubiera puesto solo, pero no tengo. Es una pavada, es cuestión de un minuto”.

Todo este diálogo se va fantaseando en mi cabeza antes de llegar, y continúo contestando en la misma fantasía: ¿Por qué mierda no preguntaste dónde hay una óptica cerca cuando te hiciste el anteojo nuevo? ¿Por qué mierda no te vas a poner el tornillo a la óptica que te lo hiciste? ¿No sabés que la óptica es una ciencia muy antigua y respetable? ¿No te enteraste de que grandes filósofos de la historia eran ópticos? ¿No sabés que Spinoza era óptico? ¡Qué vas a saber vos quién era Spinoza!

Mientras camino, evoco las humillaciones sufridas por mi ilustre colega Spinoza, salvando las distancias, y asocio al tipo del podrido tornillo con el mensajero de un tribunal gentil que me trae un aviso de "jerem" (excomunión), como hicieron con Spinoza. Como Sócrates, me tomaría una poción de cicuta antes de tener que pasar por ésto, una y otra vez.

Llego a la puerta y fatalmente el tipo me dice: es por un tornillo nada más, si yo tuviera un destornillador me lo pondría solo........

Una vez se me ocurrió decirle al tipo del podrido tornillo: yo le presto un destornillador, siéntese, acá tiene la caja de tornillos. En lugar de sorprenderse aceptó la oferta. Se sentó, le alcancé la caja con un motón de tornillos separados por diversos espesores y largos. Le alcancé la pinza de cirugía que uso para atrapar tornillos de la caja. Use ésto para sacar un tornillo, le dije, y me fui para atrás dejándolo solo.

Atrás tengo una ventanusca de vidrio espejado. El tipo no me veía, yo a él sí. Empezó el espectáculo.

Agarró un tornillo con la pinza y lo primero que le pasó es que se le voló. El hombre se sintió desesperado. Se me escapó el tornillo, dijo, mientras lo buscaba infructuosamente en el piso de mosaico de manchas atigradas. Si tuviera los anteojos podría buscarlo, dijo con voz implorante. ¿No me lo puede poner Ud? resignándose al valor de mi existencia en este planeta.

Sí, claro, dije. Y me dispuse a poner el tornillo desplegando un procedimiento exageradamente largo. El hombre miraba atentamente, ahora respetuosamente. Primero hay que rectificar la rosca, expliqué, como enseñándole. La herramienta que se usa se llama porta calisuar, al que se le pone un macho del ancho del tornillo. Hay que rectificar la rosca para que el tornillo no se vuelva a salir, por algo se salió, dije. Hay que hacer las cosas bien. A mí me gusta hacer las cosas bien, o nada. El hombre asentía callado. Calmo, entregado, ya no miraba el reloj.

Las gracias que me dió al irse, además de un pago, cambiaron la relación con la cosa que me torturó durante tanto tiempo. Por primera vez no me quedé como una idiota diciendo, está bien, no es nada, vaya tranquilo, a un tipo que me usó y me tiró en cinco minutos.

Ahora, cada vez que me espera el hombre del pdrido tornillo le espeto primero que nada un precio exagerado, el golpe lo lastima, cinco pesos. ¿Cinco pesos? Dicen algunos, ¿por un tornillo? y se van. Otros se tragan el golpe y dicen: está bien, o , no hay problema.

Mientras pongo el tornillo explico todo el procedimiento, para que se justifiquen en algo los cinco pesos que le hago pagar al pobre cautivo. Algunas personas inteligentes suelen hacerse clientes míos al verme poner un tornillo con tanta dedicación.

Pensar que ninguno de los que se llevaban puesto el podrido tornillo sin pagar, volvió nunca a hacerse un anteojo conmigo. En cambio, desde que cobro el tornillo, sí empezaron a volver. La gente necesita tratar con personas que se valoren a sí mismas.
Eva Row

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8 de febrero de 2008

Il prezzo.


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Una escena de la ópera Tosca, de Giacomo Puccini:

Tosca ofrece soborno a Scarpia para que libere a su amante de la tortura y la cárcel. Scarpia rechaza el dinero y pide su cuerpo. Tosca dice: "¿quanto?", "¡ il prezzo !" Scarpia contesta: "A donna bella io non mi vendo, a prezzo di moneda". Tosca mata a Scarpia para no entregarse.

Cuánto. El precio. A una mujer bella yo no me vendo a precio de moneda.

Fui peor que Scarpia. Me vendí a precio de moneda. No fui como Tosca, yo entregué el cuerpo. Pero lo que entregué fue mucho más de lo que gané. Fui yo la que pagó el precio y no fue un precio de moneda.

Óptica Foto Suárez, estaba en Alvear 62, Martinez, a tres cuadras de la estación, en una calle coqueta, llena de negocios lujosos. Me llegué hasta allí, y me tomaron. Enseguida me dí cuenta de que no me daban los horarios para seguir estudiando Física. Así que me dediqué a la óptica.

Cambié el ambiente científico e intelectual por un negocio de pueblo rico, donde el dueño era conocido por el sainetero apodo de "el Chocho".

El Chocho me trató como a una princesa. Me destacó a una especie de oficina y taller, con una ventana al sol, solo para mí. Allí había una mesa de trabajo, y al lado una biseladora.

No volví a pisar la Facultad de Ciencias Exactas, en Nuñez, hasta casi cuarenta años después. No me atreví a volver por miedo a sentir demasiado dolor.

Hace poco, andábamos con el auto por la Ciudad Universitaria porque mi hijo tenía que hacer algo que no me acuerdo, y acepté el desafío de la vida, y dije que quería volver a entrar a mi facultad. No hice más que pasar la puerta grande de vidrios con emoción y alegría verdadera, cuando miré la pared lateral de marmol claro que antes estaba lisa y ahora tenía una larga lista de nombres inscriptos.

Me dispuse a leer esos nombres cuando caí en la cuenta de que se trataba de los compañeros que desaparecieron en el Proceso. ¡Qué cachetazo, por favor! Ahí estaban un montón de genios, como Alvarez Rojas, que nos dirvertía con la expresión que había acuñado para significar lo infinitesimal, decía que era "como un pedo en el cosmos".

A ellos sí que les hicieron pagar el precio, esos milicos asesinos, infinitesimales, verdaderos pedos en el cosmos humano.
Eva Row

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7 de febrero de 2008

Todo tiene un precio


Y no tenía un centavo en el bolsillo. No me daban en mi casa más que para el colectivo, para libros, la ropa elemental, zapatos, y tela. Había aprendido a coser mi ropa sola y me hacía lindos vestidos. Me gustaba cortar una tela y pasar la máquina Singer que trajo de Inglaterra el domador de un circo al negocio de mi papá, quien se la compró, afortunadamente, porque la sigo teniendo. Estudiaba Física, y cosía en la Singer, como la mejor chica de barrio.

¿Vas a estudiar qué? gritó mi amiga Rita horrorizada, cuando le dije que para tener algo lindo que ponerme, en las vacaciones, iba a ir a estudiar "Corte y Confección". Ella estudiaba Física conmigo.

Aprendí Corte como un ingeniero. Fuí dos meses, una vez por semana y con eso me alcanzó. La "profesora" estaba asombrada de mi capacidad de aprendizaje. Las otra alumnas me miraban con envidia venenosa. Yo me sentía en un leprosario. Huí de ese antro, de ese aquelarre, lo más rápido que pude, no me dieron los piés para seguir la velocidad de mi voluntad.

En ese verano le dije a Rita, que me iba a anotar en el Curso de Optica que se daba en la Facultad de Farmacia y Bioquímica. Me preguntó por qué. Le dije que mi mamá quería, y que yo iba a hacerlo sólo para que ella dejara de atormentarme con el tema de que con Física no iba a ir a ningún lado. Que una vez que tuviera el título, ella se iba a quedar tranquila. Que el título ese lo iba a archivar y que continuaría estudiando en Exactas.

Mi amiga me asombró diciéndome que ella también quería hacerlo. Entonces fuimos las dos. Nos anotamos. Dimos el examen de ingreso sin necesidad de prepararnos porque para nosotras era "pan comido". Y la carrera entera la hicimos juntas. Una porquería. De principio a fin.

Faltaban dos meses para terminar óptica. Mientras, seguía cursando en Exactas. Era septiembre. Al llegar a mi casa mi mamá me sorprende una noche diciéndome lo siguiente: salió un aviso en Clarín buscando Optica, mujer. Salen muchos avisos, todos los días, ¿sabés? Recuerdo cómo se abrió mi boca esperando la continuación del relato.

Y siguió: Llamé por teléfono, sólo para saber cuánto pagaban, nada más. Le dije al hombre que tenía una hija que estaba por terminar la carrera y quería saber cuánto se pagaba y qué condiciones había que tener para aspirar a ser elegida. El hombre se empezó a interesar en vos. Me preguntó cuánto te faltaba, le conté que dos meses. Me preguntó cómo eras. Le dije que eras inteligente, que eras trabajadora y honesta. En fin, me dijo que vayas a verlo, que podés empezar a trabajar si le gustás. Que es legal tomar la dirección técnica de una óptica aún sin estar recibida cuando falta poco.

Un volcán interno me salía de las entrañas mientras escuchaba semejante intromisión en mi vida. Pero justo antes, justito antes de que entrara en erupción, mi mamá asestó la pregunta clave que torció mi destino como un huracán aplasta contra el piso a un pájaro en la rama: ¿sabés cuánto es el sueldo?

La cara de mi mamá tenía una mueca de triunfo. Una sonrisita perversa asomaba en su comisura izquierda. La pasión que me había quemado de bronca se hizo hielo, y me convertí en ese indio que apuntaba con una flecha al español cuando el invasor acertó a mostrarle un espejo. Dicen que el indio se asustó de sí mismo viéndose la cara fiera. Pero yo sé que es mentira, fue el espejo que lo desarmó, pero no por verse la cara, sino por descubrir algo que no estaba en su imaginación.

No estaba en mi imaginación disponer de un sólo peso en esa vida sacerdotal que me ligaba al estudio. Simplemente no había imaginado la situación de disponer de dinero.

Jamás había tenido dinero. Mis padres me tuvieron a régimen de escasez total. Nunca supe el gusto que tenía el sándwich de jamón y queso que se vendía en el Kiosco de mi Colegio en Belgrano. Mis compañeras, acostumbradas a compartir, me ofrecían un pedazo. Pero yo decía siempre que no tenía hambre. Sabía que si probaba, corría el riesgo de sufrir por no poderlo comprar. Rechazar el pedazo de sándwich era un ejercicio de flagelación al que estaba acostumbrada.

Dinero. Tener mi dinero. Dinero ganado con trabajo. Y bueno. Al fin y al cabo trabajar de óptico no está mal considerado socialmente. No era lo mismo vender como mi papá, en un comercio cualquiera. La óptica también era una profesión. Y si yo aceptaba, también iba a poder seguir estudiando Fisica, aunque sea de a poco.

Así que pregunté: ¿cuánto?
Eva Row

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6 de febrero de 2008

Mi óptica II


Baruj Spinoza, filósofo, científico y óptico,
tallador de lentes, entre otros para su amigo Huygens,
inventor del microscopio.

Sólo ahora, que tengo un hijo en la facultad, me doy cuenta de todo lo que puede saber la madre sobre un hijo de esa edad, aún sin que él lo sospeche.

Un día mi madre comenzó a decirme cosas como ¿Adónde va una mujer con tu carrera? Me asombraba la pregunta. Mi mamá no lo decía mal, pensaba cosas que yo no pensaba. Yo no había pensado mi vida más allá del estudio. Estudiar, eso era mi vida. Y lo que estaba estudiando era lo máximo.

Jamás se me ocurrió que alguna vez debía ganarme la vida, o en planear mi vida en algún sentido. Yo estaba frente a la Ciencia con mayúsculas, como una tímida advenediza, sin perder el asombro, sumergida en un mundo exclusivo, conmovedor, que hacía nacer en mí una persona nueva cada día, cada clase.

Y ella insistía. Mirá el óptico Mizrahi (el que me hacía los anteojos) qué linda profesión, y qué linda profesión para una mujer..., decía suspirando. A mí no me molestaban esos comentarios, más bien me dejaban perpleja. No entendía qué cosa pasaba por la mente de mi mamá. Pero las palabras iban entrando en mi cabeza, como si un sutil método de trepanación indolora hubiera horadado mi cerebro.

En realidad, yo no estaba bien. Y ella lo notaba. Creo que se notaría la escasa confianza en mí misma, la falta de planes sobre el futuro. Sentía que el mundo de la ciencia superaba mi enorme pequeñez. Y estaba comparándome todo el tiempo con mis compañeros.

Por un lado, con los genios, Guillermo Fernández D'Oliveira, Alfredo Iusem, y otros cuyos nombres ya olvidé. Unos cuantos intelectos superlativos que de las clases sacaban un mundo de conclusiones, mientras yo apenas si me sentía capaz de hacer pié en lo menos hondo de esa pileta sin límite. Desazón era lo que sentía, pero no abandonaba permanecer al lado de tales maravillas humanas, educados en el Nacional Buenos Aires, por supuesto, no como yo, en un bachillerato liviano de Belgrano.

Por otro lado, me comparaba con los chatos aprobadores de materias. Había unas cuantas chicas, que estaban diciendo todo el tiempo que "no entendían nada", y que sin embargo, aprobaban. APROBABAN. Como yo, aprobaban.

Y me sentía mal, angustiada. Muy angustiada. Y se ve que mi mamá lo notaba.

Eva Row

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3 de febrero de 2008

Mi óptica


Todos dicen "mi óptica", "según mi óptica", "desde mi óptica", "de acuerdo a mi óptica", y yo siempre, cuando escucho esta expresión, pienso: "yo sí que tengo mi óptica".

Pocas personas, en relación a todas las personas que hay en el mundo, tienen su óptica. Yo sí tengo una.

Yo tengo una óptica en el Once, un negocio de óptica, soy óptica, hago anteojos recetados. Comencé en el año 71, después de tomar la decisión de abandonar la Facultad de Ciencias Exactas, la carrera de Física. Una decisión terrible.

Mi madre pergeñó todo, fui una pieza del ajedrez al que ella estaba jugando. Increible, ya era grande, y seguía siendo manipulada por mi mamá.

Voy a contar la historia, de a poco.
Eva Row

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Pino Solanas, su política buitre y la resolución de Ballesteros

EN QUÉ CONSISTE LA POLÍTICA "BUITRE" DE SOLANAS 9/01/2010
Buitre, porque para conseguir el poder se alía estratégicamente con la derecha como un comensal, y la alienta al proceso de destruir al Gobierno creyendo poder así alzarse con el poder al fin de la destrucción, porque confía en que su discurso más verborrágico e incendiario que el de la misma derecha, va a poder eclipsarlo y finalmente va a poder liderar el último tramo de la destrucción y alzarse con el poder.
Leer el post..
RESUELVO: 1) SOBRESEER DEFINITIVAMENTE en la presente causa N° 14467(expte 7723/98) en la que no existen procesados (art. 434 inc. 2° del Código de Procedimientos en Materia Penal) 2) REMITIR copia de la presente resolución (mediante disco) y poner las actuaciones a disposición de las HONORABLES CAMARAS DE SENADORES Y DIPUTADOS DEL CONGRESO DE LA NACION para su consulta o extracción de copias de las piezas procesales que se indiquen a los efectos que estimen conducentes. TEXTO DEL FALLO Leer comentarios

Cuentos de vida

12/02/2008 EL HOMBRE DEL PODRIDO TORNILLO(cuento)
Voy caminando sin mucho apuro para abrir mi óptica. Desde lejos veo que alguien que no conozco está frente a la puerta. El hombre consulta el reloj en su muñeca. Cruza los brazos sobre el pecho. Levanta la cabeza hacia el cielo. Baja luego la cabeza y mira sus zapatos. Descruza los brazos y mete las manos en los bolsillos. Termina la secuencia espasmódica descansando su esqueleto sobre un auto estacionado, mirando la puerta cerrada de la óptica. Vuelve a mirar el reloj. Sigue...
22/02/2010 - UN ÁNGEL EN COLECTIVO (relato)
Yo estaba tan embarazada, que había pasado la fecha de parto y mi familia me cargaba con la siguiente pregunta ¿y cuándo vas a parir? Y yo me reía, esperando que la naturaleza se ocupara en cualquier momento de que llegara mi bebé.
Lady D también estaba embarazada de su primer hijo. El papá de mi hijo decía que nuestro bebé tenía mejor ajuar que el hijo del Príncipe Carlos. Eran épocas de todo importado, y yo, eufórica por mi maternidad, había comprado el mejor cochecito de Harrod's y las ropas y utensilios para bebé, de lo más hermosos que encontré. Leer completo...
06/03/2008 - LOS GLADIOLEROS (cuento)
En el baño empezó a gotear la ducha. Hace de esto cinco años. Llamé a uno de esos brujos de la humanidad que atesoran saberes aquilatados y añejados en paneles de roble, uno de esos que miramos las mujeres agachando la cabeza, reconociendo nuestra inferioridad por efecto de la prueba contundente.
El plomero, que aparece con su bonete inmenso sobre el cual tiene una estrella, trae consigo herramientas que como la varita mágica, sólo obedecen a su secreto conjuro. La casa es un poco vieja, me dijo al irse, la próxima vez no le va a poder cambiar el cuerito a la canilla, va a tener que cambiar los caños. La sentencia estaba echada.
Cinco años después, es decir, ahora, se volvió a romper el cuerito y volvió a gotear la ducha. Leer más...
9/10/2008 - LOS JUDÍOS Y LOS REYES MAGOS (cuento)
Era la mañana del 6 de enero de 1954. Verano. En ese año yo iría al colegio por primera vez. Era la hija mayor de un matrimonio de judíos polacos inmigrantes. Teníamos un local de comercio seguido de vivienda, como había entonces. En el local, estaba mi papá. En la cocina de la vivienda, estaba mi mamá haciéndome el desayuno. Mis dos hermanitos, de 3 y 4 años, estaban aún en las cunas. Yo desayuné, y como hacía todos los días, salí a la calle a jugar con mis amiguitas. Serían las 10 de la mañana. Salgo a la calle y lo primero que veo es que todas mis amiguitas están juntas, y tienen algún juguete en la mano. Me extrañó muchísimo.
La Susi, mi mejor amiguita, tenía una enorme muñeca de trapo que yo no conocía, y la abrazaba y la ponía en el suelo a caminar, y la muñeca blanduzca se bamboleaba sacudiendo las trenzas rubias de hilos de lana de tejer.Leer Más...
16/09/2008 - MI LIBRO DE LECTURA DEL 55 (cuento)
El 16 de septiembre de 1955 yo tenía siete años, y estaba en "primero superior" (hoy segundo grado) de la escuela primaria.
La Revolución Libertadora trajo un cambio a la Escuela. Desaparecieron los carteles que cubrían las paredes en su parte superior tocando el techo de mi aula. De letras inmensas, decían "Segundo Plan Quinquenal-Perón cumple-Evita dignifica". La palabra "quinquenal" me encandilaba con sus sonidos juguetones, y no entendía bien qué quería decir "dignifica".
La presencia de Perón y Evita se trocó por paredes ascépticas, vacías, que me impresionaron cuando volví a la Escuela, después de unos días de asueto. El retrato de San Martín lucía ahora solitario y único símbolo del aula, como frío testimonio en blanco y negro de una historia lejana, sin la companía de aquellos carteles de colores alegres, de fondo amarillo y letras rojas, que representaban cosas del presente. Leer más...
13/11/2008 - GUEFILTE FISH (cuento)
Como yo soy la intelectual de la familia, mi cuñada Rivke me tiene envidia. ¿Qué creías? Te voy a contar lo que pasó. Era Rosh Hashaná y mamá invitó a hacer fiesta en su casa. Yo no le dije que no, ¿qué, acaso quiero cocinar para diez personas? Si a ella le gusta, que lo haga ella. El día que no esté mamá, va a ser otra cosa. Ahí voy a tener que cocinar yo, porque no voy a esperar que mi cuñada aprenda a cocinar, ni voy a comer esas porquerías que hace que no tienen gusto a nada.
Bueno, te estaba diciendo. Resulta que me puse a leer la historia del guefilte fish, en un libro antiguo de cultura idish. Vos sabés que a mí me gustan los libros, no voy a dejar de leer libros sólo para que mi cuñada no se sienta mal. Entonces leí que el guefilte fish estaba formado por tres distintas clases de pescado por una razón. Yo siempre me pregunté cuál serìa la razón de que fuera necesario hacerlo de distintos pescados. Leer más...
24/12/2008 - UN CUENTO DE NAVIDAD (cuento)
A pesar de ser judía, celebré Navidad mientras duró el matrimonio con el padre de mi hijo, que murió en el año 1994. Era gallego, socialista y agnóstico, pero le encantaba la Navidad, una costumbre que su madre engalanaba con una enorme Empanada a la Gallega que quedó en la memoria de sus cinco hijos. La Empanada a la Gallega de Doña Encarnación, a quien no tuve el gusto de conocer porque llegué tarde a la vida de esa familia, se repetía cada Navidad, con el consiguiente comentario obligado, “nada que ver con la que hacía la vieja”.

Mi nene era muy chiquito, recién ese año se había dado cuenta del personaje de Papá Noel. Su papá se disfrazaba y hacía las delicias de todos los chicos. Le habíamos dicho que iba a venir Papá Noel, con una bolsa de regalos. Leer más...
04/05/2008 - BUNGE ME SALVÓ LA VIDA (relato)
Bunge me salvó la vida con el mismo extraño mecanismo con el que mi hermanito descubrió la palmeta. Primero cuento la historia de mi hermanito. Después retomo con Bunge.
Capítulo 1. El extraño caso de mi hermanito y la palmeta
Un día apareció Raid.
Un aviso novedoso decía por televisión: ¡con la palmeta NO! ¡Llegó Raid! y aparecía en un dibujo animado, una palmeta estrellando insectos en la pared enchastrada de moscas aplastadas, y luego una señorita disparando el Raid por el ambiente. Mi hermanito y yo estábamos mirando televisión, y ambos nos asombramos. Leer más...